Hoy es once de mayo. Soplará el viento y ya será once de junio.
Se juntarán 48 selecciones, 48 maneras de ver la vida. Tantas camisetas, tantos colores. Tantos caracteres encontrados. Todo para el asombro, para su hechicería, para el abrazo como antípoda de las guerras que azotan al mundo.
Ahora recordamos aquellos mundiales en nuestra vida, en la vida de quien ahora escribe. Con el Mundial hacemos un inventario de lo que somos, de lo que hemos sido, porque al final de la jornada no hay otra manera de contar nuestras andanzas en los inciertos caminos, con sus recodos y desviaciones, que el periodismo nos ha puesto enfrente.
En México1986 comenzó la aventura. El Mundial de Argentina, de Diego Maradona y sus goles ante Inglaterra, uno con la mano, el otro fuera de toda lógica, la final contra Alemania, las miles de banderitas agitando el cielo en apoyo a los teutones, el del partido Italia-Alemania considerado el mejor de siempre. Bueno, de todo eso hablaremos un buen día de estos.
Después Italia1990, Estados Unidos1994, Francia1998, Corea-Japón 2002, Alemania2006, Suráfrica2010, Brasil2014, Rusia2018, Catar2022. Han sido andanzas vividas, países recorridos, incontables kilómetros dejados en la ruta. Ah, cuánta vida dejada atrás…
Ahora se pintan en la geografía Estados Unidos, México, Canadá. Qué viva el 2026. La vida se transfigura cuando es el Mundial es “culpable” de romper las cotidianidades, de acabar por cinco semanas de las angustias porque el sueldo no llega al fin de mes, pero ¿qué importa?
Ahora hay nuevas reglas, el arquero solo podrá estar cinco segundos con el balón entre sus manos, los saques de banda tendrá que hacerse también en cinco segundos, los cambios en un minuto. El fútbol cambia, pero no en su esencia sino en su periferia; salir a la cancha y clavar el gol en el arco contrario sigue siendo su paradigma. ¿Qué pensarán aquellos tipos del “pasado efímero”, como dijera el poeta Antonio Machado? ¿Qué dirían Pelé, Eusebio, Bobby Moore, Ubaldo Rattin, todos aquellos que jugaron a morir cuando no se podían hacer cambios en los partidos?
Sí, solo falta un mes. Un mes que podría transcurrir en medio de dos concepciones: la velocidad plena o movimiento imaginado, o aquella que parece eterna, el llamado tiempo psicológico. En uno, ya la pelota parece estar el movimiento; en otro, y como en una pesadilla, los equipos van en sus autobuses, pero atascados en el llamado “bucle del tiempo” el transporte nunca llegan al estadio.
A contar, a coleccionar barajitas en Santa Rosa de Lima y buscar datos en internet y en libros mundialistas, a discutir en las esquinas los favoritos de cada quién, a comprar cajas de cerveza para mirar este partido tan interesante…
El Mundial en otra cosa. No hay fiesta humana que pueda comparársele. Ah, falta un mes para que comience. ¿Por qué habrá que esperar tanto tiempo?
Sentimiento en Latinoamerica
Debe ser por la sangre libertaria o por la historia común, pero América Latina llama. Preferentemente en el fútbol, y cuando se juega el Mundial, más aún. Sin pensar en el partido, en las fuerzas en disputa, vamos para allá.
En este 2026 habrá confirmación o revancha; se fijará la superioridad o se oirá el grito de cercanía. Europa, con sus doce coronas, ha sido casi siempre más que Latinoamérica, por ahora contenta con diez, una situación que será el estímulo de las selecciones de estas latitudes. Si alguna vez los países donde derramamos nuestras existencias se ha identificado como de solo una nacionalidad, esa ha sido en el fútbol.
Se liga por uno de ellos, y no podría haber satisfacción más honrosa que, el 19 de julio, día de luz y de la gran final, sean dos selecciones americanas las que se afanen por una victoria trascendental y única.
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