Evocaciones mundialistas - Líder en deportes


La vida se puede ir contando con el mismo paso del tiempo de los mundiales de fútbol. ¿Dónde estábamos en aquella primera Copa del Mundo que seguimos con afán? ¿Cuál es la evocación que nos asalta súbitamente, cuando pensamos en esa cita que parecía extraviada en los vagos rincones de la memoria?

Cuando pensamos en los mundiales, la primera imagen que surge de ese tiempo ido, es la de un antiguo televisor Zenit de válvulas de cristal y el infatigable Pontiac conducido por mi padre hasta el entonces caserío playero de Ocumare de La Costa, donde pasaríamos las vacaciones en medio del mundial de Alemania Federal 1974.

Allí estamos, a punto de salir a la bahía de Cata, mientras zaradeábamos la antena de bigotes de un lado a otro para captar las borrosas imágenes del partido entre Brasil y Zaire, que los amazónicos del Lobo Zagallo necesitaban ganar por el mayor número de goles para avanzar a la siguiente fase. Pero el arquero de los africanos, Kazadi Muamba, era una auténtica muralla y después del primer gol del bombardero Jairzinho, tapó todo lo que disparaba el ataque brasileño, hasta que la zurda atómica del bigotón Roberto Rivelino le reventó el arco y otro cañonazo de Valdomiro provocó el único fallo del guardameta, cuando el balón se le coló por un resquicio del palo izquierdo que resguardaba con celo.

El Mundial de España 1982 nos convirtió en campeones del mediofondo. Corríamos como posesos de las aulas del Liceo Carlos Soublette hasta nuestro hogar en Pedro Camejo para no perdernos ni uno solo de los enfrentamientos. Pero el lunes 5 de julio coincidió con la decisiva batalla entre Italia y Brasil por el pase a semifinales, y la cadena nacional por los actos de la Independencia Nacional impidió ver el choque. Así que debimos recurrir a la radio de onda corta para escuchar la transmisión de una emisora colombiana que describía la hazaña del gran Paolo Rossi, fulminando una, dos y tres veces las ilusiones verderamarillas de trascender.

La Copa Mundial de Francia 1998 llegó cuando éramos redactores del diario El Globo, y en la final recibimos el cable de la agencia AP anunciando, para sorpresa del mundo entero, que Edmundo sería titular en lugar del “fenómeno” Ronaldo Nazário, quien finalmente ingresó en el once del Lobo Zagallo, aunque deambuló como sonámbulo por los medicamentos que había recibido. Ahora llega otro Mundial, y por cuarta vez consecutiva estaremos desde la redacción de Líder cubriendo otra fiesta del balón.

La celebración que todos aguardan

La relación de Venezuela con los mundiales cambió desde que la Vinotinto de Richard Páez despertó la ilusión de que se podía clasificar a una Copa de la FIFA, y que no había otra camiseta y selección a la cual seguir con fervor que a la de nuestro país.

La eliminatoria al Mundial de Italia 1990 fue la primera que nos tocó cubrir como periodista. A la selección nacional comandada por César Baena, Bernando Añor, Carlos Maldonado, Pedro Febles e Idemaro Fernández y dirigida por Carlos Horacio Moreno le tocó debutar ante a la poderosa Brasil de Romário, Bebeto, Dunga, Careca y compañía, en el estadio Brígido Iriarte. Pues ese inolvidable domingo 30 de julio, cuando Venezuela salió a la cancha se escucharon unos tibios aplausos, pero apenas Brasil pisó el césped un estadio repleto de camisetas amarillas estalló en gritos de alborozo como si estuviéramos en el Maracaná.

Todo cambió en el 2001 con el boom Vinotinto de la selección de Páez que por primera y hasta ahora única vez en la historia de las eliminatorias ganó cuatro juegos consecutivos ante Uruguay, Chile, Perú y Paraguay para sembrar en el país la semilla del fervor por nuestra selección. Dese entonces los mundiales se miran con otros ojos. Ya no se ven aquellas caravanas recorriendo las calles celebrando victorias ajenas, porque el gran anhelo es salir a festejar un mundial Vinotinto.


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