El sol del Caribe venezolano comienza a calentar las angostas calles de Naiguatá, pero el repique de los tambores ya ha anunciado el amanecer antes que el astro rey se asome. No es solo un sonido. Es una llamada, un latido que se extiende por el Litoral Central y confirma lo que todos saben: San Juan está de fiesta.
El 24 de junio marca el día central, y es el único santo al que la Iglesia católica le celebra el natalicio, pero en este rincón del estado La Guaira, el homenaje es un proceso vivo que comienza días antes y se extiende en la memoria de sus devotos todo el año.
Hablar de San Juan Bautista en Naiguatá es adentrarse en una tradición que tiene más de 400 años de historia. Pero más allá del cumpleaños, la esencia de la celebración radica en el homenaje, en la conexión espiritual que se forja al ritmo de los tambores y en la promesa que late en el corazón de los sanjuaneros.
Como afirma el refrán que retumba en las procesiones, “San Juan to’ lo tiene, San Juan to’ lo da”, y los devotos lo saben bien.
El homenaje rítmico
El alma de este homenaje es, sin duda, el toque del tambor. En Naiguatá, más de 200 tambores se unen en un coro rítmico que resuena como una conexión espiritual.
No se trata de un ruido desordenado; cada golpe tiene un propósito. Los instrumentos utilizados, cumacos, minas, curbatas, culo e’ puya y redondos, son la voz de los ancestros y el vehículo para que los promeseros se comuniquen con el santo.
Félix Orlando Corro, custodio de la imagen del San Juan Niño durante 68 años, describe esta conexión como algo visceral. Para él, rendir homenaje a través de la música del tambor es tan profundo que sus lágrimas caen al cuero, símbolo de su entrega total a la fe.
Este ritmo no es simplemente para bailar; es un llamado que, según la tradición, “ordena el movimiento” y establece el diálogo entre lo divino y lo humano. El homenaje comienza con el repique que anuncia los preparativos, desde el arreglo del altar, pasando por la novena, hasta llegar al éxtasis de la procesión donde el santo recorre el pueblo.
Los guardianes de la fe
Un elemento distintivo del homenaje en Naiguatá es que San Juan no pertenece a la iglesia, sino a una familia. La imagen de San Juan Niño, tallada en madera de cedro y traída de España hace más de 150 años, está bajo el resguardo de la familia Corro desde 1854, cuando la negra Eloína Corro salvó la figura durante los saqueos de la Guerra Federal.
Esta custodia convierte la casa de San Juan en el epicentro del homenaje. Aquí, los devotos no solo vienen a ver al santo, sino a pagar promesas, a pedir milagros y a ofrecer sus dones.
La preparación del altar, a cargo de personas como José Vidal López, quien lleva 14 años engalanándolo con flores como calas y rosas rojas, es parte fundamental del ritual de veneración.
Este acto de vestir al santo no es un simple adorno, es una forma de rendirle pleitesía y prepararlo para su encuentro con el pueblo.
“Cuando se pinta a San Juan, debes ir ante su imagen, pedirle que te permita pintarlo, porque si no, la pintura se deforma”, revela la devoción mística que rodea la figura.
La emblemática vivienda que alberga al santo recibe actualmente una atención especial. La Gobernación del estado La Guaira está realizando una rehabilitación integral a la estructura de la casa de San Juan, con el objetivo de preservar este espacio patrimonial que durante generaciones ha servido como templo familiar y centro de peregrinación.
Cantos, danzas y promesas
El homenaje se manifiesta también en la danza y el canto. Los ritmos de los tambores van acompañados de cantos específicos que narran historias, alaban al santo y expresan el sentir de la comunidad.
Los versos entonados durante la procesión y la vigilia son un pilar de la tradición oral. La danza, en la que se mueven caderas al ritmo del tambor y se agitan pañuelos rojos, es una coreografía de fe y alegría heredada de los ancestros africanos que, en la época de la colonia, encontraron en la figura del santo una vía para mantener viva su identidad.
El homenaje también se materializa en promesas. Los feligreses, en agradecimiento por favores recibidos, ofrecen desde joyas de oro, que adornan al santo, hasta el simple acto de cargarlo durante la procesión.
Es un intercambio entre lo divino y lo humano, donde el homenaje se convierte en un ciclo de agradecimiento y devoción.
Las agrupaciones
En La Guaira y específicamente en Naiguatá, la tradición es tan arraigada que no existe una sola agrupación que monopolice el evento; el homenaje es comunitario.
La familia Corro, liderada por Félix Orlando, actúa como el núcleo organizador de la logística del santo, que coordina las visitas, los rezos y el acceso a la imagen.
Además de los Corro, la parroquia cuenta con una rica tradición de cofradías y promeseros que extienden su compromiso con el santo a lo largo de los años, a veces desde la infancia.
La festividad en Naiguatá se caracteriza por su capacidad de convocatoria; incluso durante la pandemia, cuando las restricciones limitaron la multitud, la comunidad encontró la manera de mantener viva la tradición. Así demostró que el homenaje a San Juan no se detiene ni ante el temor a un virus.
Legado de resistencia y fe
El homenaje a San Juan Bautista en Naiguatá es, en esencia, un acto de resistencia cultural y un símbolo de libertad. No es solo la celebración de un cumpleaños, sino la reivindicación de una identidad forjada en el sincretismo de lo africano y lo católico. Es el pueblo entero que, a través del repique de los tambores, los cantos y las promesas, le dice a su santo patrono que sigue presente, que su memoria sigue viva.
Esta manifestación cultural, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2021, trasciende lo efímero de una fecha de calendario. El verdadero homenaje late en el corazón de los naiguatareños y en el eco de los tambores que, año tras año, siguen sonando para recordarle al mundo que, en este rincón del Litoral Central, San Juan todo lo tiene y San Juan todo lo da.


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