El rostro apacible del campocorto Yeferson Seijas se endurece cuando atrapa una pelota y la lanza con la velocidad y la precisión que lo caracterizan. Lo hace una y otra vez, creando un ritmo casi hipnótico: pop-¡fuuu!, pop-¡fuuu!, mientras la pelota golpea el guante de su mano izquierda y su brazo derecho la devuelve de inmediato al aire. Ninguna vacilación delata la tormenta emocional que enfrenta después de que dos poderosos terremotos, ocurridos el 24 de junio, arrasaran con su estado natal, La Guaira.
Información de AP
Yeferson, de apenas 12 años, ha perdido más de lo que muchas personas pierden en toda una vida. Aun así, en medio de la tragedia, se considera afortunado por seguir con vida. Niños con los que creció jugando —o enfrentándose en el terreno— resultaron heridos, quedaron huérfanos, murieron o permanecen desaparecidos. Algunos, como él, vivían en apartamentos de vivienda pública y aspiraban —de manera realista, según sus entrenadores— a cambiar su destino gracias a un contrato con las Grandes Ligas.
“Quiero sacar adelante a mi familia”, dijo Yeferson. “Quiero comprarle una casa a mi mamá”.
Los terremotos hicieron que ese sueño se volviera aún más urgente. Yeferson, sus padres y sus cinco hermanos viven ahora en una tienda improvisada instalada en un campo de béisbol del vecindario, infestado de moscas, a unos 3,2 kilómetros al norte del estadio. Forman parte de las aproximadamente 18.000 personas que el gobierno venezolano ha clasificado como damnificadas sin hogar tras el desastre.
Una tarjeta de débito perdida salvó la vida de un joven pelotero
Yeferson y las decenas de niños que se encuentran entre las cerca de 500 personas que hoy viven en el campo convertido en refugio, en Playa Grande, no pueden escapar de su nueva realidad.
Las filas de carpas, lonas, colchones y baños portátiles instalados sobre el terreno les recuerdan las casas que perdieron. Más allá del campo, los edificios reducidos a escombros o gravemente dañados les recuerdan también a las personas que ya no están. Los niños conocen ahora el olor de la muerte. Algunos hablan del 24 de junio entre lágrimas; otros lo hacen con sonrisas nerviosas.
Aquella noche, Yeferson y un amigo acababan de entrar a una panadería cuando se dieron cuenta de que habían perdido una tarjeta de débito. Mientras regresaban sobre sus pasos para intentar encontrarla, la tierra comenzó a sacudirse violentamente. En cuestión de segundos, la panadería que acababan de abandonar desapareció.
Al mismo tiempo, el piso del apartamento de su familia cedió. Sus padres y sus hermanos lograron escapar justo cuando las escaleras comenzaban a desintegrarse. Luego escucharon la explosión de gas que envolvió los apartamentos cercanos. Finalmente, Anthony Seijas encontró a su hijo, la joven promesa del béisbol, en una calle.
Lo perdieron todo: electrodomésticos, muebles, aparatos electrónicos, zapatos, ropa, uniformes, bates, guantes y trofeos. Todo desapareció.
Incluso sin electricidad ni señal de teléfono celular, las noticias comenzaron a correr sobre qué jugadores y padres habían resultado heridos o habían fallecido.
“Ha llorado muchísimo”, contó su madre, Elisabeth Pacheco. “Ha estado muy triste”.
El béisbol ofrece esperanza a muchos venezolanos de escasos recursos
El béisbol forma parte de la identidad nacional de Venezuela, especialmente en La Guaira, el estado más golpeado por los terremotos, y está estrechamente ligado al recurso más valioso del país: el petróleo.
Las compañías energéticas estadounidenses popularizaron este deporte a comienzos del siglo XX, en parte construyendo campos de juego en las zonas petroleras. Eso impulsó el béisbol entre la clase trabajadora venezolana y convirtió al país en una cantera de estrellas de las Grandes Ligas.
Miguel Cabrera, Félix Hernández, Omar Vizquel, Andrés Galarraga, José Altuve y Bob Abreu dieron sus primeros pasos en las ligas infantiles venezolanas. Además, este año Venezuela derrotó a Estados Unidos para conquistar por primera vez el Clásico Mundial de Béisbol.
Alrededor de 40.000 niños y adolescentes participan actualmente en ligas de béisbol en todo el país, aunque esa cifra representa menos de la mitad de los inscritos en 2005. La participación cayó drásticamente debido a la pandemia de COVID-19 y a la prolongada crisis del país, que empujó a millones de personas a la pobreza y obligó a más de 7,7 millones de venezolanos a emigrar. Las ligas se financian principalmente con el apoyo de los padres y de pequeños negocios locales.
Muchos jugadores permanecen en estas ligas hasta alcanzar la edad límite. Alrededor de los 12 años, los más talentosos ingresan en academias donde sus vidas giran en torno al béisbol y comienzan a ser observados por cazatalentos. Los más destacados aspiran a obtener un lugar en academias afiliadas a la MLB en República Dominicana o en equipos profesionales de Estados Unidos o Venezuela.
El camino hacia un contrato profesional es costoso, por lo que muchos niños de barrios humildes, como Yeferson, dependen de patrocinadores que financian su desarrollo apostando a una futura recompensa si logran triunfar. Entre las víctimas de los terremotos de junio se encontraba precisamente el patrocinador de Yeferson, quien además era propietario de su equipo.
En el abandonado estadio de béisbol de Guaracarumbo, el entrenador Franklin Longa señala a Yeferson y a otros dos niños que, según él y otros formadores con experiencia, tienen potencial para convertirse en estrellas de las Grandes Ligas. Longa también habría señalado a un cuarto jugador, pero ese niño se recupera de las heridas sufridas tras quedar atrapado junto a sus padres bajo un edificio colapsado. Sus padres no sobrevivieron.
“Nos duele a todos en lo más profundo. Es realmente muy triste”, dijo Longa, quien en el pasado entrenó a Maikel García, actual jugador de los Kansas City Royals, y al jardinero de los Atlanta Braves Ronald Acuña Jr. “Ese miércoles teníamos programado un evento, pero por causas naturales —llovió— no pudimos realizarlo. Y en la noche ocurrió esta tragedia, que nos dejó devastados y con el corazón roto”.
La vida de Yeferson ha estado marcada por la compleja crisis venezolana
Como millones de familias venezolanas de bajos recursos, la de Yeferson creyó en las promesas de mejora económica formuladas por el partido gobernante durante la década de 2000. Su respaldo constante al gobierno, que se define como socialista, les permitió acceder a la recompensa más importante: una vivienda.
Pero la lealtad política dejó de ser suficiente cuando, hace una década, la economía colapsó y los alimentos comenzaron a escasear. La familia, integrada por ocho personas, emigró a Perú, donde los adultos trabajaban y los niños asistían a la escuela, hasta que sus vidas volvieron a alterarse. Según relató Seijas, un dirigente comunitario del partido gobernante amenazó con reasignar su vivienda a otra familia.
Con la pandemia aún en curso, regresaron a Venezuela en un vuelo de repatriación para conservar esa casa, la misma que terminó derrumbándose el mes pasado.
Los Seijas desconocen cuánto tiempo deberán permanecer en el refugio improvisado y dónde podrá entrenar o jugar Yeferson en el futuro. Tal vez una academia le abra las puertas, o quizá una liga de un estado que no haya sido afectado por los terremotos le haga un espacio.
En el estadio abandonado, al menos por un momento, ni él ni los demás jugadores parecen pensar en ello. La lluvia, que empapa el polvoriento terreno, los obliga a correr para ponerse a resguardo, entre risas y bromas, mientras se apiñan dentro del dugout.
“Unidos somos más fuertes”, se lee en la camiseta de Yeferson.
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