La noche del 16 de septiembre de 2021, Graham Dickason regresó a su casa en Timaru, Nueva Zelanda, poco antes de las 22 y encontró a su esposa en la cocina, tambaleante y con una expresión que, según él mismo declaró, jamás le había visto.
Cuando le preguntó qué había pasado, Lauren Dickason respondió solo tres palabras: “Es demasiado tarde”. Lo que Graham descubrió al correr hacia las habitaciones de sus hijas (Liane, de seis años, y las mellizas Karla y Maya, de dos) conmocionó a Nueva Zelanda.
Esa noche una madre médica, sin antecedentes penales, había asfixiado a sus tres hijas, semanas después de que la familia emigrara desde Sudáfrica.
El caso Dickason es el retrato de una mujer que cargó durante años con una enfermedad mental severa, que tomó decisiones que, según los psiquiatras defensores, nublaron por completo su juicio, y que hoy aguarda desde prisión el resultado de una apelación que podría cambiar el veredicto de asesinato que la condenó en 2023.

Lauren y Graham se conocieron en 2005 en Pretoria, Sudáfrica. Ella era médica. Él, cirujano ortopédico. Se casaron un año después del primer encuentro y se instalaron en The Wilds Estate, en las afueras de la capital sudafricana.
La maternidad no llegó fácilmente. La pareja atravesó 17 rondas fallidas de fertilización in vitro. En 2013, Lauren quedó embarazada, pero la bebé, Sarah, nació prematuramente a las 18 semanas y murió poco después. Ese golpe marcó un antes y un después en la salud mental de Lauren, a quien se le diagnosticó depresión mayor con componente de ansiedad y un trastorno intermitente del estado de ánimo. Dejó de ejercer la medicina de manera activa.
Años más tarde, la pareja recurrió a óvulos donados. En 2014 nació Liane. En 2018, Lauren quedó embarazada de mellizas, y en 2019 llegaron Karla y Maya. Karla nació con labio leporino y requirió varias cirugías. Maya tenía la costumbre de cargar juguetes en bolsitas, lo que le valió el apodo de “la dama de las bolsas”. Liane, la mayor, era protectora con sus hermanas menores.
Amigos de la familia en Pretoria describieron a Lauren como una madre ejemplar. Natasja le Roux, amiga cercana, la recordó como una de las personas más bondadosas que conoció. Graham, por su parte, declaró que Lauren jamás trató a las niñas concebidas con óvulos donados de manera distinta a como lo habría hecho con hijas biológicas.

La decisión de emigrar a Nueva Zelanda surgió cuando Graham consiguió un puesto en el Hospital de Timaru. Los planes se retrasaron por la pandemia de COVID-19, pero en agosto de 2021 la familia finalmente abordó un vuelo. Liane tenía seis años y las mellizas, dos.
Cumplidas las dos semanas de cuarentena hotelera obligatoria, los Dickason fueron liberados el 11 de septiembre y comenzaron a instalarse en su nueva vida. Graham se integró rápido al hospital. El entorno los recibió con calidez.
El 15 de septiembre, Liane tuvo su primer día de escuela. Al día siguiente, las mellizas comenzaron el jardín de infantes. Esa tarde, Lauren llevó a las tres niñas al jardín botánico local. Un incidente menor —otro niño fotografió a las niñas sin permiso— sacudió a Lauren, que reunió a sus hijas y regresó a casa antes de lo previsto. Según testimonios posteriores, ese episodio la llevó a cuestionar en voz alta si la mudanza había sido la decisión correcta.
Esa misma noche, Graham salió a una cena de trabajo alrededor de las 19. Se despidió de Lauren y las niñas. Cuando volvió, la casa estaba en silencio.

Según la confesión que Lauren entregó a la policía tras su arresto, algo en ella se “disparó” mientras las niñas estaban alborotadas. Fue al garaje, tomó unas sogas y les dijo a sus hijas que iban a hacerse collares. Luego les dijo que se estaba muriendo y que no podía dejarlas atrás. Inmovilizó primero a Karla, a quien había calificado de “horrible” en días recientes. Después a Liane, quien le preguntó por qué le hacía eso. Por último a Maya. Cuando las niñas no murieron de inmediato, las asfixió con una toalla y mantas. Luego intentó quitarse la vida con tramadol y una navaja.
Los primeros agentes en llegar a la escena encontraron sogas cortadas en el suelo y a Lauren seminconsciente en el cuarto de Liane, con cortes superficiales en el brazo. Las tres niñas estaban en sus camas, más allá de toda posibilidad de reanimación. Lauren fue trasladada al Hospital de Timaru. Al día siguiente, tras recibir el alta, fue imputada por el triple homicidio.
Graham alertó a los vecinos y pidió a un colega que llamara a la policía, ya que desconocía el número de emergencias de Nueva Zelanda. Días después, el 23 de septiembre, habló públicamente por primera vez en una vigilia con velas frente a la casa familiar. Dijo que había perdonado a Lauren y pidió a los presentes que hicieran lo mismo, y la describió como otra víctima de la tragedia. Cientos de personas se congregaron en Timaru. En Pretoria se realizó una vigilia paralela.

Lo que el juicio reveló fue que el derrumbe de Lauren no fue repentino. Sus problemas de salud mental se remontaban a la adolescencia, marcados por ansiedad, depresión y perfeccionismo. Tras la muerte de Sarah, su cuadro se agravó. Como médica, se recetaba sus propios antidepresivos, práctica legal en Sudáfrica.
Después del nacimiento de Liane, la depresión afectó su capacidad de criar. En mensajes de texto a amigas, Lauren hizo referencias a estrangular a su hija y expresó miedo de golpearla con demasiada fuerza. Su estado mejoró por un tiempo, pero con la llegada de las mellizas volvió a deteriorarse. En dos ocasiones le dijo a Graham que podría “hacerle algo” a las niñas. En mayo de 2019 y en julio de 2021, Lauren buscó ayuda profesional y pareció recuperarse. Graham declaró que nunca creyó que llegaría a actuar.
Antes de emigrar, Lauren dejó de tomar su medicación, preocupada de que pudiera afectar la solicitud de residencia. Reportó sentirse mejor por un tiempo. Pero las tensiones del traslado la desgastaron. Dejó de comer y dormir con regularidad, se retrajo del entorno familiar y comenzó a sentir que las niñas la preferían a él.
En mensajes privados enviados durante los días previos al crimen, Lauren describió a las mellizas como “terroríficas”, narró jornadas de gritos y mordiscos, y se preguntó cómo otros padres lo hacían parecer sencillo. También realizó búsquedas en internet sobre métodos para medicar a niños, la más reciente apenas un mes antes de los hechos.

El proceso judicial comenzó el 17 de julio de 2023 en Christchurch. La defensa planteó una estrategia basada en la locura y el infanticidio. Lauren se declaró no culpable de los tres cargos de asesinato.
El fiscal Andrew McRae argumentó que, por debajo de los genuinos problemas de salud mental de Lauren, existía resentimiento hacia sus hijas, a quienes veía como un obstáculo para su matrimonio. Presentó mensajes en los que Lauren se quejaba de que las niñas habían drenado la alegría de su relación, y señaló las búsquedas de internet como evidencia de premeditación.
La defensa, a cargo de Kerryn Beaton, construyó un argumento opuesto. Lauren era una madre amorosa que, en el marco de una crisis mental severa, creyó que debía llevarse a sus hijas consigo al morir, por una lógica distorsionada por la enfermedad.
El debate más tenso se produjo entre los expertos psiquiátricos. La doctora Susan Hatters Friedman y otros dos peritos de la defensa concluyeron que Lauren estaba en estado psicótico y delirante al momento de los hechos, que actuó motivada por amor y no por malicia, y que cumplía los criterios legales de insanidad. El doctor Erik Monasterio, convocado también por la defensa pero con una conclusión diferente, sostuvo que Lauren sufría depresión pero no psicosis, y que no alcanzaba el umbral de insanidad. La psiquiatra de la fiscalía, doctora Simone McLeavey, testificó que Lauren comprendía sus acciones y que la motivó la ira y la necesidad de control, no el altruismo.
Tras deliberar, el jurado emitió un veredicto por mayoría de 11 a 1. La declararon culpable de asesinato en los tres casos. Lauren lloró en silencio al abandonar la sala.
El 26 de junio de 2024, el juez Cameron Mander condenó a Lauren Dickason a 18 años de prisión, con tres sentencias concurrentes y sin período mínimo de no libertad condicional. Mander descartó la cadena perpetua por considerarla “manifiestamente injusta”, dado que su enfermedad mental severa no fue solo un factor contribuyente sino la causa directa de sus acciones.
Lauren fue derivada inicialmente a una unidad de atención especial para pacientes con trastornos mentales, conforme a la legislación neozelandesa de salud mental. Tras la sentencia, emitió una declaración en la que dijo que amaba a sus hijas con todo su corazón, que les había fallado y que asumía la responsabilidad de haberles quitado la vida. “Duermo con tres ositos bordados con los nombres de mis hijas para recordar todos los maravillosos abrazos que solían darme”, escribió.
En julio de 2024, Lauren presentó una apelación contra su condena por asesinato. Según informó Radio New Zealand (RNZ), la audiencia ante el Tribunal de Apelaciones quedó fijada para tres días en Wellington a partir del 9 de febrero, con el argumento de que hubo una “mala administración de justicia”. Su abogado deberá especificar los fundamentos en una presentación formal.
Lauren será elegible para la libertad condicional una vez que cumpla un tercio de su condena, alrededor de septiembre de 2027.
Los padres de Lauren, Wendy y Malcolm Fawkes, pidieron tras el veredicto que la sociedad aprenda a reconocer los síntomas de la depresión posparto. Un llamado que, en el contexto de este caso, adquiere una dimensión que va más allá del drama familiar
La audiencia de apelación, prevista para febrero del próximo año en Wellington, determinará si el veredicto de asesinato se sostiene o si el caso regresa al debate sobre los límites entre la culpa penal y la enfermedad mental.
por INFOBAE
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