Roma y Juventus igualaron en un partidazo


Ya, de lo común que se ha vuelto, ha dejado de ser una gran noticia.

“Se descubre en el fútbol italiano una red de corrupción y tráfico humano”. A un viejo escándalo le vuelven a sonar las campanas. Aquellos en los que se vieron envueltos directivos de Juventus, FIorentina, Milan, Lazio y Reggina se unen ahora, en un oscuro vagón del tren de los vagabundos, directores técnicos, y especialmente, jugadores. Una red infinita en la que parecen complicados futbolistas italianos se ha esparcido por diversos países de Europa, incluyendo en la telaraña a un fútbol que se consideraba impoluto: el español.

Tal parece que todo se conectaba por llamadas por teléfonos satelitales para que no pudieran ser seguidas; había contactos en cada país que bajo el manto de otros negocios legales se escondía todo el entramado de los delitos. Además, y esto fue tomando un matiz de importancia, las redes internacionales de apuestas. Si un jugador quería saber el resultado amañado de un partido en Ucrania o Rusia, pues se conectaba en un televisor en casas acondicionadas y ganaba buen dinero. A tanto ha llegado este turbio negocio, que un futbolista podría ganar en la apuestas más que en su contrato con importantes clubes. “En lo prohibido acecha, astuta, la tentación”, parecía oír en su desmedida avaricia.

Además del destapado asunto telefónico, todo se fue descubriendo desde que el “Fifagate” reventara en una mañana de Suiza. La policía, con argumentos a mano, irrumpió en aquel desayuno de jerarcas. Fue aquello la punta del hilo que condujo a la madeja de lo que hoy ha reventado en Italia y en casi toda Europa y que mancha, con marcas indelebles y ensanchado las grietas, al fútbol mundial.

Suramérica tampoco está a salvo.

En Brasil, la gestión financiera de algunos clubes y la llamada “caja negra” de los negociados ha explotado en las calles. Apuestas de partidos arreglados, árbitros “mojados” con billete del bueno, jugadores que provocan con faltas tarjetas amarillas para no jugar el siguiente partido son actos de la pieza teatral que conlleva al movimiento de fortunas en un fútbol que, por su capacidad televisiva en un país de 220 millones de habitantes, produce incontables cantidades de dinero.

Vaya escuela la europea. También, aunque en menor escala, las apuestas en México por canales internacionales acarrea fortunas y cambia resultados; así mismo en Argentina, y qué decir de Centroamérica, territorios donde el juego ilegal se ha asentado.

Todo esto pasa en las canchas de fútbol. Un maremágnum incontrolable de ligas y partidos en los que lo ilegal se entrevera en su cara oculta, como la de la luna, y arrastra al juego de buena fe. Si el fútbol no cambia en su estructura, en lo más profundo de su pureza como complemento a la educación y distracción de lo humano, cuidado. Al fútbol lo acechan fuerzas impuras e invisibles.

¿Y en Venezuela?

Hace algunas temporadas, investigaciones policiales descubrieron movidas de arreglos de partidos con jugadores del Trujillanos. Todo no pasó de escarceos y de sospechas sin conclusiones importantes, porque el fútbol venezolano, en correspondencia con la falta de interés de la gente, no tiene aún la capacidad para influir decisivamente en resultados convenientes para algunos. Sin embargo, se sigue haciendo el seguimiento en bares y restaurantes a las apuestas en el deporte internacional, porque no es solo fútbol: también en beisbol, carreras de caballos, baloncesto NBA, boxeo. Aquí sucede como en otras latitudes, porque no es sencillo descubrir el filo hilo entre lo legal y no que ha traspasado la frontera. El hecho deportivo ha crecido en el mundo desmesuradamente, aunque a veces, como lo narrado en este texto, ha tomado derivas indeseadas.


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