Messi reinventó su arte creador


A los 38 años la mayoría de las superestrellas de cualquier deporte están en retiro y contando sus hazañas. Pero Lionel Messi está hecho de otra madera. Nunca deja de sorprender con su inagotable fuego interior para luchar en cada partido, ofrecer un espectáculo memorable a quienes asisten a sus puestas en escena y demostrar, una y otra vez, que es sin discusión alguna el mejor futbolista de nuestra época. Se suponía que llegaba a su sexto mundial consecutivo sin tanto combustible en el tanque. Renunció a seguir batallando en las ligas de élite para refugiarse en la tranquilidad y los millones de dólares que le ofrecía el Inter Miami, en un campeonato como la Mayor League Soccer que todavía está muy lejos de la exigencia competitiva de los clubes estelares del Viejo Continente.

Solo que el arte de Messi no parece tener fecha de caducidad, como quedó de manifiesto en su soberbio debut ante Argelia, ofreciendo otra de sus exhibiciones de supremo prestidigitador del balón. El inexorable paso del tiempo le ha restado la antigua movilidad para tomar la pelota en la mitad del campo y echar a correr con el balón atado a los cordones de sus botines imantados. En estos tres años y seis meses desde su consagración definitiva en el Mundial de Catar a este nuevo desafío en Norteamérica, Messi se reinventó en la cancha.

Ya no requiere tanto contacto con el cuero ni arrancar una y otra vez para eludir a los defensas. Por el contrario. Messi a veces parece desentenderse del balón, pero sigue atento a todo lo que ocurre a su alrededor. Lee la partitura del juego y va construyendo en su cerebro privilegiado los movimientos indescifrables que debe aplicar para producir el deslumbramiento. Cuando sucede ese instante de absoluta lucidez, en la que Messi descifra la jugada, se adueña de la esférica y enfila hacia el arco rival con el dominio del tiempo y el espacio, los rivales entran en un dilema cartesiano: ¿deben interrumpir a un genio que está a punto de dibujar una obra de arte en la cancha, como si fuera Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, o es preferible abrirle camino para que culmine su trabajo magistral?

Sus tres goles ante los argelinos fueron producto de esa sabiduría para ubicarse en el lugar exacto, donde podía recibir el pase filtrado para girar, acomodar el balón y disparar al arco o recoger un rebote en la barbas del arquero y rematar al fondo de la red. Todo lo hizo, además, con una facilidad abismal como si patear desde 20 metros y colocarla en las telarañas fuera pan comido. Así son los genios: lo problemas complejos lo resuelven como si nada.


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