Que dos jugadores venezolanos estén en el primer plano del fútbol español es una estupenda noticia. Y sin importan los resultados del partido definitivo por la copa Rey de España, lo es por dos razones: una, porque es un hecho de relieve; y otra, porque enseña que los futbolistas del país también pueden competir en altos niveles. Esta vez fue Jon Aramburu como feroz marcador de punta derecho de la Real Sociedad, y Yangel Herrera, quien por causas de sus recurrentes lesiones ha perdido su titularidad, pero que de igual modo estaba en el banco a la espera de un espacio en la ranuras del equipo. Aramburu bregó con afán, con victorias y derrotas alternas en su rostro a rostro con el habilidoso Ademola, y tuvo alma para soportar con propiedad la travesía los extenuantes 120 minutos del partido…
Y aquí hablemos de Herrera. Cuando fue al fútbol de Estados Unidos sin haber cumplido veinte años de edad como ficha con esperanzas de porvenir del Manchester City se buscaba su roce, alzar el vuelo, porque en Inglaterra lo esperaban. Luego viajó a España y allá fue a un equipo, a otro, y comenzó a pasar el tiempo. Una lesión lo alejó del sendero de los sueños, y ya se apagaba el interés del Manchester. Más daños a su cuerpo, más lesiones, y hoy día, a sus veintiocho años de edad y con la mitad del trayecto andado, aún mantiene status pero ya con una visión de menos alcance. Empero, el fútbol español sigue siendo para él un buen lugar…
Bien vale un repaso a la clasificación de la selección Vinotinto al Mundial Sub17. Después de vencer a Bolivia en el partido decisivo, habría que mirar cómo fue todo. Venezuela nunca pudo ganar a los mejores, Argentina, Brasil, Uruguay, y solo pudo dominar, con premura, a Perú y Bolivia. Al darse la condición reglamentaria de que seis equipos de la región suramericana tenían esa opción, podríamos decir que Venezuela, siendo algo duros, no entró al Mundial por la puerta principal. En rigor, como dicen los literatos, la celebración efusiva de los jugadores y el cuerpo técnico tuvo un sabor un poco dulce, un poco amargo. Los chicos apenas pudieron alcanzar en su grupo el cuarto lugar, de cinco, hasta llegar al partido ante los bolivianos que les firmó el pasaporte.
¿Valió la pena tanto alboroto en una edad en la que siempre la Vinotinto había sido de las mejores de la región? Se podría ver normal porque al final de la jornada ha sido un estímulo para los muchachos, pero no así para Johnny Ferreira, entrenador, y sus auxiliares. Habría que volver sobre los pasos, y detenerse ante la verdad de una actuación menor de la esperada.
Nos vemos por ahí.
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