Javier Marías señalaba que la literatura es una forma de pensamiento que despierta conciencias, una especie de “darse cuenta” que campos científicos y filosóficos no pueden develar. Es la literatura la única que puede traspasar el umbral de “sombras” que otras manifestaciones humanas no alcanzan. Insistía que estábamos ante una experiencia tan necesaria “si no queremos convertirnos en primitivos llenos de saberes prácticos”.
¡Qué certeza lo aseverado por el escritor español si nos tropezamos con un clásico como «La Odisea»!
Siempre se vuelve a la obra homérica, como siempre queremos regresar a casa después de la guerra, por lo menos de eso, dicho vulgarmente, trata el poema épico griego compuesto en el siglo VIII a.C y perpetuamente recitado.
«La Odisea» es en sí la búsqueda de Ulises de su hogar tras la caída de Troya -de su trono, su mujer Penélope y su vástago Telémaco- luego de una prolongada despedida. Para doblegar su destino, el personaje principal, con la protección divina, debía ser muy hábil y resiliente.
Quisiéramos traer a colación la figura de Argos. En una parte de la trama se rastrea la existencia del rey de Ítaca y Menelao le informa a Telémaco que vio a Ulises “en una isla abrumado por recios pesares, en el palacio de la ninfa Calipso, que le retenía por fuerza, y que no le era posible llegar a la patria porque no tiene naves provistas de remos ni compañeros que lo conduzcan por el ancho dorso del mar”.
Atenea dialoga con Zeus, le ruega que intervenga por Ulises y le pide obligar a Calipso a que le deje seguir su camino. Definitivamente, los feacios llevarían al protagonista hasta Ítaca.
En ese momento Ulises, disfrazado de mendigo, con el plan de consumar su venganza, se encontraría con su querido perro. En un fragmento del Canto XVII lo leemos trágicamente: “Así conversaban los dos. Y mientras hablaban ellos, un perro que estaba tumbado allí, alzó la cabeza y las orejas. Era Argos, el can del paciente Ulises, a quien criara, aunque luego no se aprovechó de él, porque tuvo que partir a la sagrada Ilión. Anteriormente llevábanlo los jóvenes a correr cabras montesas, ciervos y liebres; mas entonces, en la ausencia de su dueño, yacía abandonado sobre un montón de fiemo de muslos y de bueyes, que vertían junto a la puerta a fin de que los siervos de Ulises lo tomasen para estercolar los dilatados campos. Allí estaba tendido Argos, todo lleno de garrapatas. Al advertir que Ulises se aproximaba, le halagó con la cola y dejó caer ambas orejas, mas ya no pudo salir al encuentro de su amo; y éste cuando lo vio, enjugóse una lágrima que con facilidad logró ocultar a Eumeo (…) Entonces la negra muerte se apoderó de Argos, cuando acababa de ver a Ulises, después de veinte años de ausencia”.
Tanto ha sido el peso de «La Odisea» en la cultura occidental que James Joyce, con su memorable «Ulises», brindaría un homenaje a este héroe inmortal; como el mismísimo José Vasconcelos -quien con su autobiográfico «Ulises Criollo»- haría en cierto sentido lo mismo.
«La Odisea» está una vez más en la pantalla grande. Curiosamente su director, el polémico Christopher Nolan, tomaría la determinación de adaptar este afamado texto gracias a la desgarradora historia de Argos.
¡Ojalá «La Odisea» nos sensibilice acerca del autoconocimiento y nos invite a reflexionar sobre la lealtad más allá de poses y consignas!
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