Los testimonios del sismo del pasado 24 de junio en Caracas y La Guaira coinciden en algo fundamental. Cuando la tierra se movió, la respuesta en el interior de los hogares no fue el sálvese quien pueda, al contrario, los cuerpos presentes se buscaron y re-unieron. En medio del espanto, ante la certeza de que el techo se viene abajo y mientras las paredes crujían, la necesidad inmediata fue aferrarse al otro. En ese instante límite el «abrazo», el «te amo» y las «gracias» aparecen en casi todos los relatos. Ese agradecimiento ocurrió ahí mismo, bajo el temblor, como un acto de amor de quien se despide reconociendo la existencia del (nos)otros, una última palabra pronunciada frente a la inminencia de la muerte.
La vivienda moderna terminó organizándose bajo una lógica colonial e individualizante que privilegia el aislamiento, la familia nuclear y la propiedad privada. Pero bastó que el subsuelo despertara para que esa estructura se fracture y la casa se convierta en una amenaza. Lo que emerge en ese espacio, sin embargo, no es el pánico individualista que la sociología eurocéntrica siempre pronostica, sino un sacudón que devuelve los cuerpos a su memoria más antigua. Quienes se juntaron en el pasillo o en la sala bajo el techo que tiembla no respondieron desde el egoísmo, sino que activaron la comunidad-familia y ese parentesco extendido que ha sostenido la vida históricamente en nuestros territorios andinos y caribeños.
Ahí, en el umbral del colapso, se despertó una memoria histórica muy concreta que tenemos grabada en la piel. Quinientos años antes de que el cemento de Caracas y La Guaira se agrietara, el buceo perlero de Cubagua ya había ensayado el primer intento de convertir el cuerpo en una unidad aislada, midiendo al indígena guaiquerí o al esclavizado africano por la cantidad de perlas que extraía. Contra ese mismo despojo que pretendía romperlo todo, la resistencia comunitaria sostuvo la vida. Esa memoria no desapareció con la colonia. Cambió de formas, atravesó generaciones y permaneció inscrita en prácticas cotidianas que reaparecen cuando la vida vuelve a estar en peligro. Por eso, cuando la devastación de 1541 barrió Nueva Cádiz o cuando hoy el sismo fractura vigas y columnas, lo que se activa no es un simple reflejo, sino la cayapa del trabajo compartido, el malungo de los que resisten juntos el mismo naufragio y un ubuntu archipielágico que sabe que nadie se salva solo. El abrazo bajo el techo que cruje es la prueba física de que el cuerpo desobedece el diseño colonial cuando el peligro es real.
Frente al suelo roto, la respuesta no está en la contabilidad de los daños ni en el pánico controlado. Lo que se despliega en nuestros hogares cuando la tierra se estremece es la defensa de la vida en su forma más básica y radical, con el cuerpo colectivo ensanchándose para aguantar el golpe. El agradecimiento en pleno temblor demuestra que, cuando la infraestructura moderna se desploma, el territorio que nos sostiene nunca fue el cemento de los edificios, sino la trama humana y más-que-humana que decide no soltar(nos).
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