No se equivocaba el estratega alemán Erwin Rommel, quien dijera que “La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”. El derrumbe de la Primera República sintetiza muy bien esta máxima, debacle que tuvo un antecedente directo en una fecha infausta, un evento en el cual el Hombre de las dificultades habría de estar muy comprometido.
Hablamos de un momento muy duro para la causa contra el nexo colonial. El contexto era muy favorable para los realistas: crisis económica, estragos del terremoto, deserciones a granel, desinformación, campaña eclesiástica, rechazo a la figura de Francisco de Miranda y un largo etcétera. Asimismo, el asedio de un desconfiable capitán de fragata canario llamado Domingo de Monteverde.
Desde principios de mayo de aquel recordado año el Generalísimo había nombrado al coronel Simón Bolívar Comandante Político y Militar de Puerto Cabello.
Un Puerto Cabello muy geoestratégico por donde se examinara: expedito acceso a urbes como Curazao, Bonaire, Coro, La Guaira y Caracas, además, como señalan los especialistas, de fácil control de Barquisimeto, San Felipe y Valencia.
Igualmente, lugar de naturaleza inexpugnable por estar resguardado de embestidas navales por el castillo de San Felipe y el fortín de San Carlos, respectivamente. Todo esto, además de encontrarse en este sitio el principal arsenal de la incipiente República y un significativo número de prisioneros impulsores de la contrarrevolución valenciana.
Posiblemente Miranda valoraría el papel relevante del joven mantuano en la campaña de Valencia y de allí que resolviera asignarle tamaña misión.
Aunque cabe la posibilidad de pensar que esta medida fue un intencional alejamiento del impetuoso caraqueño del gobierno del avezado Criollo Universal.
Todo se resume en la caída de Puerto Cabello sucedida el 30 de junio de 1812. Debido, en gran medida, a la traición de un oficial canario al servicio de los patriotas, segundo al mando, Francisco Fernández Vinoni, efectivos realistas cautivos en el Castillo San Felipe se liberaron, sublevándose contra la guarnición comandada por el futuro Libertador. Acto seguido, los alzados cañonearían la ciudad y los buques republicanos, lo que ocasionaría, después de una difícil resistencia, el abandono de la villa y la huida del bando independentista hacia Caracas.
Se estima que los realistas se apoderaron de más de 3.000 fusiles, sin contar la pólvora, las municiones y las piezas de artillería reservadas en los depósitos. Aproximadamente, un millar de rehenes echarían mano a víveres e incontables recursos.
Al enterarse Miranda del desplome de Puerto Cabello expresaría literalmente: “Tenez: Le Venezuela est blesé au coeur”.
Este revés material y moral sería un catalizador para la decisiva capitulación del grupo antimonárquico a menos de un mes, el 25 de julio de 1812.
Luego llegarían las recriminaciones de patriotas inexpertos. Había que culpar de “traición” a alguien. El divisionismo cobraría terreno y los enemigos de la liberación nacional también. Se venía al traste un proyecto distinto a la tricentenaria Corona, y los líderes de la Revolución, enfrascado en discusiones subalternas, no mirarían más allá de sus enconos personales: se embelesarían con el árbol y no observarían completo el bosque. A fin de cuenta “La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”.
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