Fidel Castro Ruz, líder indiscutible de la emblemática Revolución cubana, arriba, en presente, a sus 100 años el próximo 13 de agosto. En consecuencia, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, propuso el 2026 como el año del centenario del comandante en jefe.
El imperialismo estadounidense ha intentado (por la vía de la asfixia económica, golpes de Estado, magnicidios, genocidios, invasiones, entre otros procedimientos salvajes propios de la Doctrina Monroe y la política del Gran Garrote) destruir todas las experiencias que contrarrestan la lógica perversa de la reproducción ampliada del capital a fin de demostrar al mundo que el socialismo y el comunismo son sinónimos de pobreza, fracaso colectivo y personal.
El poderío tecnológico y militar yanqui ha estado al servicio de este objetivo a través de sus brazos ideológicos potentes que se expresan en la guerra cognitiva, que es de vieja data. Antonio Gramsci y Louis Althusser nos han instruido al respecto en sus importantes obras y praxis política.
En consecuencia, el legado del Comandante Castro no solo es de carácter político, sino también ético-moral. Es decir, nos hereda a la humanidad valores que vulneran el feroz individualismo que sostiene la racionalidad del sistema capitalista conformado, mayoritariamente, por sociópata y psicópatas.
Al contrario, el legado de Castro es humanidad, poesía, esperanza de recrear un mundo sensible y fraterno. En Venezuela, personajes ejemplares como Salvador de la Plaza, Carmen Clemente Travieso y Hugo Chávez exaltaron la grandeza a) del asalto al Cuartel Moncada en 1953, b) del M-26-7 y c) de la guerra de guerrillas de la dignidad en la Sierra Maestra como la dirección correcta a seguir por todos con la intención última de que el triunfo del 1 de enero de 1959 se repita, una y otra vez, a lo largo de nuestra América.
Por todas estas razones, en la Patria de Bolívar es de sumo urgente, en sus justos términos, el apoyo institucional para consolidar la reconstrucción de la memoria de la izquierda revolucionaria como testamento histórico y político dejados por Pío Tamayo, Salvador de la Plaza, Gustavo Machado, la lucha guerrillera de los años 60, 80 y 90 del siglo XX, etcétera, con la seguridad de afianzar la definitiva independencia a la que se aspiró el 4F de 1992.
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