Lo absurdo en nuestra época.


Ante el desconcierto de nuestro tiempo, lleno de situaciones colectivas suicidas y absurdas, falsas y cantinflericas, vivimos atrapados entre dos reacciones igualmente estériles: la esperanza ingenua, esa fe casi infantil en que el progreso, o en la buena voluntad colectiva terminarán por enderezar el rumbo del mundo; y el aislamiento individual, el refugio del que se encoge de hombros y se retira a su burbuja privada convencido de que nada merece la pena.

Pero no nos damos cuenta que una y otra son trampas. La primera nos convierte en espectadores crédulos de un mundo que no cesa de demostrarnos su hostilidad; la segunda, en náufragos silenciosos que confunden la renuncia con la sabiduría. Frente a ambas, cabe postular una tercera vía: el sano cinismo.

Pero ¿qué es eso del sano cinismo? No se trata, desde luego, del cinismo vulgar que puebla el lenguaje cotidiano: esa actitud de desconfianza amarga, de sarcasmo estéril, de desvergüenza descarada que el diccionario recoge como «actuar con falsedad o desvergüenza». Ese cinismo no es útil; es, más bien, el síntoma de una enfermedad que corroe la posibilidad misma de la comprensión, de la política y la convivencia.

Pero hay otro, un sano cinismo que bebe de otra fuente, del cinismo filosófico de la antigüedad griega, de la escuela encarnada por Diógenes, que reinterpretó la doctrina socrática considerando que la civilización y su forma de vida eran un mal, y que la felicidad venía dada siguiendo una vida simple y acorde con la naturaleza. Los cínicos antiguos no eran resentidos ni derrotistas; eran provocadores. Practicaban la “anaideia”, una suerte de desvergüenza calculada, y componían críticas mordaces contra la corrupción de las costumbres y los vicios de la sociedad. Su arma no era la huida, sino el escándalo, la exposición descarnada de las hipocresías, y a veces no había ni que criticarlas si no simplemente exponerlas a la luz pública.

Ese es el núcleo del sano cinismo, la capacidad de mirar el mundo sin tapa ojos, de no comprar sus promesas, de desenmascarar sus ficciones, pero sin caer por ello en la parálisis o el desprecio. Es una postura que sabe que las cosas no son lo que parecen y, sin embargo, no renuncia a actuar. Es, en el fondo, la actitud de quien ha visto demasiado como para creer, pero no tan poco como para dejar de importarle.

Peter Sloterdijk, en su Crítica de la razón cínica (1983), trazó una distinción fundamental que nos sirve de guía. Distinguió entre el cinismo antiguo —el cinismo insolente y provocador de Diógenes— y el cinismo moderno, que es algo muy distinto. Del cinismo moderno, Sloterdijk ofrece una definición que debería helarnos la sangre: “El cinismo es la falsa conciencia ilustrada. Es la moderna conciencia infeliz sobre la que la Ilustración ha trabajado tanto con éxito como en vano”. Y añade: es esa conciencia en la que “sabemos que todo ha sido desenmascarado y no pasa nada, como sabemos que las cosas no son lo que parecen y sabemos también por qué, sin inmutarnos por ello”.

Ese es el cinismo enfermo, el que sabe y no se inmuta. El que ha visto el desenmascaramiento de las ideologías, de las promesas políticas, de los discursos del progreso, y su única reacción es un encogimiento de hombros. Sloterdijk lo expresó con lucidez: “cuanto más carente de alternativas aparezca una sociedad moderna tanto más se permitirá el cinismo”, porque “al final, ironiza sobre sus propias legitimaciones”. Es el cinismo del que todo lo relativiza y nada transforma, el cinismo que convierte la crítica en un gesto estético y la ironía en un sucedáneo de la acción.

El sano cinismo, por el contrario, es el que no se inmuta pero actúa. Es el que sabe que el sistema es opaco y turbio, que las promesas son frágiles, que la verdad institucional es siempre parcial e interesada, pero no por ello renuncia a decir la verdad allí donde puede. Para Foucault, el cínico antiguo decía la verdad sobre sí mismo y sobre el mundo, y lo hacía con el cuerpo, con la vida entera, como un escándalo viviente. El sano cinismo actual no puede permitirse el lujo de la vida escandalosa a lo Diógenes —el farol en pleno día ya no escandaliza a nadie—, pero sí puede recuperar esa vocación de franqueza: decir lo que se ve, nombrar lo que se intuye, negarse a participar en la ficción colectiva de que todo va bien.

El sano cinismo es, así, una tercera posición en el mapa de las respuestas posibles ante el desastre civilizatorio. No es la esperanza ingenua, porque ha visto demasiadas promesas incumplidas como para seguir confiando en los relatos del poder. No es el aislamiento individual, porque sabe que la retirada es una concesión al estado de cosas que denuncia. Es, más bien, la postura de quien mira el abismo sin pestañear y, sin embargo, elige no apartar la mirada. Es la actitud de quien, como el cínico antiguo, prefiere una vida sencilla y acorde con lo que considera verdadero antes que participar en la trama de una sociedad inauténtica. Pero sin la pretensión de pureza de los estoicos, sin la ilusión de que la virtud basta para enderezar el mundo.

Vivimos en una época que ha agotado los grandes relatos. Quedan solo las carcasas en donde aparece un centro aséptico como la gestión tecnocrática de lo inevitable. Frente a este panorama, la esperanza infantil es una forma de negación; el aislamiento, una forma de claudicación. El sano cinismo, en cambio, es la forma que adopta la lucidez cuando decide no rendirse. Sabe que el mundo es un desastre y, precisamente por eso, se niega a contribuir a él con su silencio o su complicidad.

No es una posición cómoda. El sano cinismo exige mantenerse en la tensión entre el saber y el hacer, entre la desconfianza y el compromiso, entre la ironía y la seriedad. Pero quizás sea la única postura posible para quien, habiendo perdido la inocencia, no ha perdido del todo las ganas de vivir en un mundo menos miserable. Como escribió Sloterdijk, el cinismo moderno es «la moderna conciencia infeliz». El sano cinismo, por el contrario, sería la conciencia que, siendo infeliz, no se resigna a serlo. Sabe que no hay salida, y sin embargo busca una al menos dentro de sí. Que sabe que todo es ficción, y sin embargo elige la ficción menos falsa y se ríe de ella. Sabe que el mundo no cambiará, y sin embargo actúa como si pudiera hacerlo.

Esa es, quizás, la única forma de cordura que nos queda.


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