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Un poeta, la más reciente película del colombiano Simón Mesa Soto, es una exquisita comedia de melancolía donde el humor no intenta moderar el drama, sino que lo acompaña, lo vuelve más cercano y, por momentos, más real. Ciertamente —como bien lo ha señalado la crítica— la película se inscribe en esa tradición del cine latinoamericano que, desde Víctor Gaviria, ha interrogado la marginalidad menos como un accidente social que como el efecto de un sistema que sentencia y jerarquiza,
silenciosamente, el valor de nuestras vidas. Sin embargo, Un poeta persigue un propósito íntimo y esencial: contar la historia de la resistencia de un hombre. Y Mesa Soto lo hace con una sobriedad admirable. Su mirada hace aparecer verdades que no necesitan ser explicadas. Planos que prolongan el tiempo, silencios de un espesor incómodo, seguidos por gestos mínimos que terminan revelando aquello que, en el drama, es esquivo al discurso. La película encuentra en esa economía expresiva mucho más que una estética, allí despliega todo un manifiesto: basta un cuerpo encorvado, unas ropas desproporcionadas, una conversación trivial o un llanto infantil, para que podamos sentir el peso entero de la existencia. Y como parte indisociable de su técnica aparece la ironía que aporta al realismo esa naturalidad desarmante con la que el director protege la precariedad retratada de las fauces del espectáculo. Cada personaje conserva su dignidad, incluso posee suficiente orgullo para escapar del emblema de la derrota.
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¿De qué va esta película? Simón Mesa Soto cuenta la vida de Óscar, un deslucido poeta que a sus cincuenta años no alcanzó la ansiada notoriedad y forma parte de la larga lista de desempleados de un país
donde el reconocimiento suele llegar demasiado tarde y a muy pocos. Vive al amparo de su anciana madre, apenas logra sostener el vínculo con su hija y, salvo por la fervorosa devoción que profesa hacia el trágico poeta colombiano José Asunción Silva, poco se distingue de esa inmensa multitud que, por más empeño que ponga, no encuentra —y acaso no encontrará jamás— un lugar en la imposible sociedad del éxito.
He ahí la primera gran ironía de la película. Seguimos los pasos de un poeta aparentemente fracasado para descubrir que su destino no es nada excepcional. Por el contrario, Óscar es el reflejo de millones de hombres y mujeres cuya existencia transcurre en el desprestigio y la austeridad. Aquí la poesía, con sus gestores, festivales, mentorías y premios —es decir, con sus microestructuras de validación— opera como una metáfora de un juego más universal. Abundan los chistes sobre el asunto y basta con recordar uno, por demás genial: ebrio de alcohol y de retórica, Óscar discute con una de sus amistades callejeras sobre la superioridad artística y moral de José Asunción Silva, mientras rebate el argumento de la poca fama del poeta mostrando la estampa que lo inmortaliza en el billete de cinco mil pesos; el otro le responde “García Márquez aparece en el de cincuenta mil”. Pocas palabras para dar cuenta hasta qué punto el mercado gobierna nuestra percepción. Este diálogo provoca una carcajada incómoda. Y es que la búsqueda de sentido parece inoficiosa
fuera de la pregunta “¿cuánto vale?”: allí parece agotarse la lógica contemporánea.
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Un poeta se ríe de nuestro propio esperpento: allí donde es más palpable la incongruente humanidad. Y esa interpelación obliga a matizar la pregunta por el fracaso: ¿qué significa, exactamente, fracasar en nuestro tiempo? La respuesta resulta menos evidente de lo que parece. El fracaso ha dejado de designar un episodio en el contexto de una lucha, de una voluntad escindida por el infortunio, para convertirse en un estigma que amenaza a cualquiera: devenir impotentes, invisibles, improductivos e infelices ante los demás. Seamos poetas o no, envejecemos bajo la presión de una cultura que nos promete el éxito al tiempo que subordina el valor existencial al rendimiento verificable. En ese sentido, todos los personajes se disputan una porción de la torta: Yurlady —la nueva promesa de la poesía— busca en su talento alguna utilidad pragmática; su familia, la oportunidad de mejorar el ingreso. Los gestores culturales buscan un producto que complazca el gusto de sus mecenas. Óscar, en cambio, parece realizado en las cosas mismas: como si habitara en el hallazgo poético. Porque la poesía, para nuestro protagonista, no es un medio sino un modo de ser. Y esa convicción le basta para redimirse en
una lucha silenciosa por permanecer fiel a los principios en medio de la corruptible carrera hacia los grandes objetivos. Pero también para la salvaguarda de la inocencia, la fidelidad, el amor y el asombro, virtudes indispensables para consumar una verdadera vida. Todos los disparates y las burlas que forman parte de su sino ponen a prueba esa voluntad de ser poeta, esa resistencia que, en Óscar, traduce el deseo mismo de llegar a ser un hombre real, un buen padre, un hijo noble, un ciudadano digno y, si no es demasiado pedir: Un poeta. Ello, a la medida —y nunca a expensas— de una idea, un paradigma, un sentido. Todo esto tiene, a la luz del siglo XXI, el semblante de una apuesta perdedora. En mi versión, no obstante, Óscar nunca será un derrotado. No lo doblega la exclusión, ni la desgracia, tampoco la muerte porque entre la felicidad normativa y sus tantos simularos, solo él “conoce, con inconsolable certidumbre— digámoslo con Héctor Rojas Herazo— que el poeta es el hombre que ha escogido el fracaso”. Y esa es su imperdonable victoria.
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