Tal vez el momento más icónico de nuestra historia haya tenido lugar en La Vela de Coro el 3 de agosto de 1806 cuando el general Francisco de Miranda, veterano de los ejércitos de España y Rusia, así como de las guerras de independencia de los EE.UU. y de la Revolución Francesa, izó por vez primera la bandera tricolor en tierra venezolana. Aunque este acontecimiento histórico es proverbial entre las mayorías, existe un aspecto poco conocido de esta expedición y es que Miranda partió de la isla de Trinidad a la cabeza de un contingente compuesto por 500 soldados y 11 embarcaciones, como bien lo señala la historiadora Carmen Bohórqez en su libro Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de la América Latina.
Al ahondar sobre este tema, Bohórquez nos explica que Miranda llegó a Trinidad un día como hoy, hace 220 años, el 24 de junio de 1806, proveniente de Barbados, al frente de su embarcación, el Leander, luego del infructuoso intento de liberación a través de las costas de Ocumare en abril de ese mismo año. A pesar de tal fracaso, añade Bohórquez, Miranda sabía que no estaba del todo derrotado, ya que aún contaba con el apoyo británico a través del almirante Alexander Cochrane, quien se encontraba en Barbados, y del gobernador de Trinidad Sir Thomas Hislop. De hecho, ambos se abocaron a la ayuda de Miranda, a pesar de las restricciones políticas.
Ahora bien, ¿cuáles fueron esas vivencias y experiencias de Miranda durante los 31 días que permaneció en Trinidad, antes de zarpar a La Vela de Coro el 25 de julio de 1806? Para intentar dar respuesta a esta pregunta, he recurrido mayormente a fuentes secundarias, entre ellas dos novelas históricas (las cuales deben tomarse con reservas), a fin de esbozar un acercamiento a las actividades de Miranda en Trinidad. Aquí vamos:
En su libro La puerta de entrada a Suramérica. Trinidad y la Revolución Suramericana, el fallecido historiador militar trinitobaguense Gaylord Kelshall señala que Miranda arribó a Trinidad “con estilo”, escoltado por las embarcaciones militares de la armada británica HMS Express y la HMS Lily, para posteriormente dirigirse a la Residencia del Gobernador de Trinidad donde permanecería como invitado especial. “Ningún aventurero recibió jamás un trato semejante en una colonia británica. Ciertamente, nunca antes había ocurrido en la historia de Trinidad, ni un evento así volvería a tener lugar nunca más», afirma Kelshall en su libro.
El fallecido escritor trinitobaguense, y premio Nobel de Literatura, Vidiadhar S. Naipaul nos relata en su novela histórica Una manera de estar en el mundo que el gobernador Hislop le habría dicho a Miranda que él es “el hombre más famoso que ha venido aquí [a Trinidad]. Antes de que usted viniera, supongo que el comodoro Samuel Hood fue el hombre más famoso que tuvimos aquí [en Trinidad]. El segundo al mando de Nelson en la Batalla del Nilo”.
Inmediatamente después de tan majestuosa llegada a Trinidad, Miranda comenzó a trabajar. No había tiempo que perder, así que se dirigió a los paradisíacos islotes de Trinidad (conocidos aquí como “Down the Islands”), específicamente al islote de Chacachacare, pero no de paseo sino con una misión en mente: reclutar a los marineros que lo acompañarían en su nueva expedición liberadora, tal y como explica Kelshall en su libro. Kelshall añade que Miranda de inmediato se conectó en Chacachacare con Santiago Mariño de Acuma y doña Atanacia Carige, padres de los hermanos Santiago Mariño y María Concepción Mariño, ambos adolescentes, quienes liderarían años después otra expedición, en 1813, rumbo a Güiria, para liberar a Venezuela del yugo español. De hecho, Kelshall describe palpablemente la grata impresión que Miranda dejó en los jóvenes Mariño, dando como resultado la indisoluble lealtad de ambos y su deseo de liberar a Venezuela, inspirados por la figura de Miranda.
Un protagonista en esta aventura, el estadounidense James Biggs, teniente de Miranda (aunque de acuerdo a Naipaul en la citada novela de su autoría “un instigador en contra de Miranda”), escribió la crónica intitulada La historia del intento de don Francisco de Miranda de efectuar una revolución en Suramérica, en la cual describe a los reclutas de Miranda en Trinidad como “personajes de baja monta y sin valor”, aunque agrega Biggs que “unos pocos son hombres respetables”, destacando que “el principal y más respetable de las personas [de Trinidad] es William Gage Hall, con el rango de coronel de ingenieros; el conde de Rouvray, coronel; Chavlier Loppenot, capitán de caballería, James Adrien, intérprete y oficial de ingenieros; y dos españoles con el rango de coroneles”.
Efectivamente, para promover su proyecto militar, Miranda publicó un volante en Puerto España el 21 de julio de 1806, el cual, aunque tildado de “tonto” por Biggs, induce tanto a venezolanos como a extranjeros a unirse a su causa. “La gloriosa oportunidad se presenta ahora de liberar de la opresión y el gobierno arbitrario a un pueblo que es digno de un mejor destino; que debería disfrutar de las bendiciones del país más hermoso del universo, que la providencia bondadosa les ha otorgado…», exhortaba dicho volante, el cual concluía con un mensaje al Pueblo de Trinidad: «Y vosotros, valientes voluntarios de la Isla, que tan noblemente habéis venido a compartir con nosotros nuestros honores y nuestra prosperidad, apresuraos a seguir a esos oficiales bajo cuyo cuidado ya habéis recibido instrucción, y que arden en impaciencia por llevaros a la victoria y a la riqueza.»
Pero Miranda también habría incluido otras actividades durante su permanencia en Trinidad que respondían a necesidades de enriquecimiento espiritual y con profundo sentido simbólico. Una de ellas consistía en rendirle tributo a su entrañable compañero revolucionario, Manuel Gual, quien, como nos señala el historiador Miguel Ángel Mudarra en su libro Historia general de Venezuela, falleció en Trinidad seis años antes de la llegada de Miranda, en 1800, a manos de seguidores de la Monarquía, luego de su infructuosa pero vital insurrección en La Guaira y Caracas junto a José María España en 1797.
De hecho, en su novela histórica Desde las puertas de Aksum, el fallecido historiador trinitobaguense Gerard Besson nos relata la visita de Miranda a la población trinitense de San José de Oruña (capital original de Trinidad antes de ser mudada a Puerto España a finales del siglo XVIII). El objetivo de la visita de Miranda a Saint Joseph, como se le conoce hoy, señala Besson, no era otro que obtener el acta de defunción de Gual y visitar su tumba. Sin embargo, agrega Besson que, para su desdicha, Miranda descubrió que no había tal acta de defunción ni tampoco ninguna tumba que visitar, ya que el cuerpo de Gual había sido exhumado. ¿Por qué? Besson explica que Gual habría sido envenenado y posteriormente “enterrado con un servicio funeral hereje, apóstata, agnóstico y pagano”.
Luego de leer la novela histórica arriba indicada de Besson, se concluye que la amistad entre Miranda y Gual estaba sellada firmemente con lealtad masónica. La descripción del funeral de Gual como “hereje, apóstata, agnóstico y pagano” se refiere a la perspectiva crítica de la Iglesia Católica sobre los rituales fúnebres de la masonería. Besson nos explica que, durante su exilio en Puerto España, Gual incluso vivía en la sede de la Logia Hermanos Unidos.
Asímismo, el investigador trinitobaguense Jalaludin Khan añade en su artículo Vínculos masónicos con Venezuela y Trinidad en la Guerra de Independencia que la Logia Hermanos Unidos, también conocida por su nombre original en francés, Les Freres Unis (ubicada en las calles Duncan y Upper Prince de Puerto España, y luego cerca a la calle Queen, en el sector de Lavantille, también en Puerto España), funcionaba como un refugio seguro para los revolucionarios caribeños, franceses, españoles y suramericanos a finales del siglo XVIII y principios de siglo XIX.
Igualmente, tanto Besson como Khan se expanden al señalar que Miranda habría fundado la Logia Gran Reunión Americana en Londres hacia el año 1798, “como una sociedad ideológica para los activistas independentistas” (Khan). De hecho, tal era la expectativa entre los masones acerca de la visita de Miranda a Trinidad que Besson describe en detalle la ceremonia masónica que habría ocurrido para darle la bienvenida a Miranda a la Logia Hermanos Unidos en Puerto España. “Lo despojé de su capa marcial, del sombrero de teniente general —con plumas y ribetes de oro— y del bastón de ébano rematado en una calavera dorada, y lo asistí con su delantal, su banda, su collar y su cadena de oro de Venerable Gran Maestre de la Gran Reunión Americana, fundada por él mismo.» (Besson).
Así pues, llegó la hora de partir de Trinidad, con destino a La Vela de Coro, y así intentar consagrar la independencia de Venezuela. Biggs, en su bitácora describe el zarpe de la expedición, el 25 de julio, y añade algunos comentarios sobre su estancia de un mes en Trinidad: “Por fin hemos levado anclas y puesto rumbo a la tierra que hemos de liberar. Estamos en el golfo de Paria, a unas 15 millas de Puerto España, en calma. Con el primer viento favorable, atravesaremos las Bocas. Nos acompañan desde Trinidad las maldiciones de muchos y las bendiciones de pocos, donde distamos mucho de ser populares; aunque algunos de nosotros recibimos una gran hospitalidad y amabilidad de parte de algunos habitantes.»
En su crónica, Biggs también proporciona una lista de las embarcaciones, y otros activos, que Miranda logró asegurar en Trinidad antes de zarpar: «La escuadra se compone del Leander, de 16 cañones; Lily, de 24; Express, de 12; Attentive, de 14; Provo, de 10; Bull-dog, Dispatch, Mastiff, cañoneras de dos y tres cañones; y Trimmer y Commodore Barry, mercantes desarmados.» Un aspecto interesante del recuento de Biggs es que Miranda no se fue en su añorado Leander, sino a bordo del Lily. Más aún, en su libro Una manera de estar en el mundo, Naipaul le da voz a Miranda, quien afirma: “Yo no iré en el Leander. Iré en el HMS Lily. Esa fue idea de Cocharane. Él piensa que, si se produce una batalla, los españoles irán por el Leander”.
No obstante, un arma importantísima que no aparece reflejada en el inventario de Biggs fue tal vez la que Miranda usó con mayor efectividad: la imprenta. En su libro El primer periódico de Venezuela y el panorama de la cultura en el siglo XVIII el fallecido historiador venezolano Ildelfonso Leal nos explica que aun en 1806 a Venezuela no había llegado la imprenta, o al menos no a tierra firme, si tomamos en cuenta que precisamente Trinidad tuvo una imprenta en 1789, cuando formaba parte de la Capitanía General de Venezuela. Por lo tanto, la imprenta de Miranda, la cual adquirió en Nueva York y se la llevó a bordo del Leander, estaba destinada a convertirse en la primera imprenta en hacer vida en Venezuela continental, como nos lo explica la historiadora mexicana Marina Garone Gravier en su ensayo Los inicios de la imprenta en Venezuela a partir de fuentes secundarias existentes en México. Sin embargo, Garone Gravier explica que Miranda le vendió su imprenta a Mateo Gallagher y a Diego Lamb a su regreso a Trinidad, luego de su fracaso en La Vela de Coro. Irónicamente Garone Gravier describe como Gallagher y Lamb terminaron siendo quienes llevaron la imprenta de Miranda a Venezuela en 1808 para ponerla al servicio de la publicación realista la Gaceta de Caracas.
Con respecto al retorno de Miranda a Trinidad, luego de su decepción en La Vela de Coro, Besson nos describe su segundo – y último – arribo a Puerto España, por el Fuerte San Andrés (cerca de la plaza de la Marina, actualmente plaza de la Independencia), a finales del año 1806, de la siguiente manera: «Sin embargo, se veía bien, elegante. Estaba recién afeitado, su uniforme impecable, su espada tachonada de diamantes llevada en alto sobre la cadera, al estilo ruso. Sus botas brillaban; sus espuelas tintineaban. Su cabello blanco como la nieve.»
Indudablemente Miranda fue un influencer de su época, un individuo que recorrió gran parte del mundo, cuya biblioteca privada era una de las más extensas, y quien contaba con una amplia lista de seguidores en el continente americano, en el Caribe y en Europa, como lo destacan Carmen Bohórquez y el fallecido Caricciolo Parra Pérez entre otros historiadores e investigadores de Miranda. Es por eso que cuando uno viaja hoy en día por la bahía de Chaguaramas, en el noroccidente de Trinidad, al entrar al Museo de Historia Militar y Aeroespacial de Chaguaramas, frente al rutilante golfo de Paria, se puede observar un busto ceñudo del general Francisco de Miranda, con una inscripción que reza: “Develado en el Bicentenario de su partida de Trinidad en 1806 para iniciar las guerras de independencia de Suramérica”, un gesto de agradecimiento de Venezuela a Trinidad y Tobago que data de hace 20 años, en el que se reconoce el apoyo brindado por este país caribeño. Una gesta heroica de la cual aún hacen falta más investigaciones y publicaciones para consolidar así la indeleble relación que une culturalmente y académicamente a ambos países.
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