Hay una idea que aparece en El hombre en busca del sentido, de Viktor Frankl: incluso cuando no podemos elegir lo que nos sucede, todavía podemos decidir cómo responder. Esa posibilidad es el primer territorio que debe proteger cualquier intervención psicológica después de un terremoto. No se trata de ser fuertes, ni de acelerar el duelo. Se trata de devolvernos la sensación de que seguimos siendo dueñas de una parte de nosotras mismas, de nosotros mismos.
En una emergencia, la ayuda emocional comienza con la presencia correcta. Escuchar sin interrogar, ofrecer agua antes que consejos, preguntar “¿qué necesitas ahora?” antes de decir “todo va a estar bien”. El trauma desordena el tiempo: hay quienes lloran de inmediato y quienes solo pueden hacerlo semanas después.
Pero una mirada con perspectiva de género obliga a ir más allá. Los desastres nunca golpean a todas las personas de la misma manera. Las mujeres suelen asumir el cuidado de niñas, niños, personas mayores y familiares heridos, incluso cuando ellas también han perdido su hogar o a seres queridos. En medio del caos, muchas vuelven a cargar con la responsabilidad de sostener emocionalmente a los demás mientras silencian su propio miedo. A eso se suma el incremento del riesgo de violencia basada en género, explotación y abuso en refugios temporales, donde la privacidad desaparece y las redes de protección se debilitan.
La primera ayuda psicológica debe reconocer esa desigualdad. No basta con preguntar cómo está una comunidad; hace falta preguntar quién está pudiendo descansar, quién ha comido, quién puede ir sola al baño sin sentir miedo, quién tiene un espacio para alimentar a su bebé o gestionar su menstruación con dignidad. Cuidar la salud mental también significa garantizar condiciones materiales mínimas para que las personas recuperen una sensación de seguridad.
Haruki Murakami escribió, después del terremoto de Kobe, que las catástrofes dejan grietas invisibles que continúan acompañándonos mucho tiempo después de que termina el ruido. Esas grietas también necesitan ser atendidas.
Por eso la reconstrucción empieza mucho antes del cemento, empieza cuando una comunidad vuelve a mirarse, cuando empezamos a escucharnos sin juzgar, cuando nuestros camaradas entienden que también pueden llorar y pedir ayuda, cuando el cuidado deja de ser una carga individual para convertirse en una responsabilidad compartida. Porque, al final, reconstruir un país no consiste solamente en levantar edificios. Consiste en devolverles a las personas la certeza de que siguen existiendo razones para sostenernos de pie.
Nosotras y nosotros, seguiremos venciendo.
¡Palabra de mujer!
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