El escenario político de América Latina se encuentra una vez más ante una encrucijada que trasciende las fronteras nacionales. Los recientes comicios presidenciales en Colombia no representan un ejercicio electoral doméstico ordinario.
Por el contrario, constituyen el epicentro de una feroz batalla geopolítica donde se disputa el destino de la soberanía nacional, la vigencia del derecho internacional y la estabilidad y la paz de toda la región suramericana.
Para las fuerzas del imperialismo global, la pérdida de control sobre el aparato estatal colombiano durante el último período supuso un quiebre intolerable en su estrategia de dominación en el hemisferio.
Históricamente, el territorio colombiano ha sido valorado por los centros de poder de Washington y la Otan como una pieza geoestratégica inestimable: una cuña geográfica que conecta las fachadas caribeña y andina, y que colinda directamente con Venezuela, principal reserva de crudo del planeta. Por ello, el despliegue actual para respaldar la restauración de la ultraderecha en el palacio de Nariño no ha guardado las más mínimas formas del decoro diplomático.
Asistimos a un intervencionismo frontal, descarado y multidimensional.
A través de corporaciones mediáticas transnacionales, inyecciones masivas de capitales bajo el eufemismo de “financiamiento para la democracia” e injerencias políticas explícitas de figuras del establishment norteamericano, el imperialismo ha cerrado filas en torno al candidato de la reacción más rancia.
El objetivo explícito de esta alianza oligárquica es revertir las transformaciones sociales en curso y reconquistar el control de las instituciones para ponerlas, nuevamente, al servicio del gran capital y los dictámenes de seguridad del Pentágono.
Sin embargo, lo verdaderamente alarmante de este diseño imperialista no es solo la agenda de subordinación económica o el desmantelamiento de los derechos sociales internos.
El peligro latente que se cierne sobre el continente radica en el propósito de restaurar y profundizar una doctrina de seguridad exterior que pretende convertir de manera irreversible a Colombia en “el Israel suramericano”.
Un enclave militarizado, cuya función principal no es garantizar el bienestar de sus ciudadanos, sino actuar como factor de desestabilización permanente contra los gobiernos soberanos vecinos.
Tal como opera el régimen sionista en el Medio Oriente, la ultraderecha colombiana anhela desempeñar ese mismo rol subsidiario en nuestra geografía suramericana, para defender al supuesto patio trasero imperial.
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