“Es puerta de luz un libro abierto/ entra por ella, niño, y de seguro/ que para ti serán en lo futuro/ Dios más visible, su poder más cierto. El ignorante vive en el desierto/ donde es el agua poca, el aire impuro…”.
Es parte del poema que abre la hermosa trilogía («Estudia, Trabaja, Descansa») del poeta Elías Calixto Pompa, de Guatire. Fue ese el poema del grito cuando vimos caer los libros por las escaleras de nuestra casa. No se desplomó toda la biblioteca, pero nos hizo pensar después del resguardo personal, en el resguardo de los libros, pan del alma, aposento de memorias y hechiceros contra todo perjurio, venga de donde venga.
Luego de lo humano llegó lo suprahumano: los libros y aunque las autoridades estaban esas sí, ultra pendientes comenzamos a pensar en lo patrimonial: que si nuestro Panteón Nacional, que si el Centro de la Diversidad Cultural, que si la Biblioteca Nacional, las colecciones, que si la Casa de El Libertador, la Escuela de música, El Archivo General de la Nación. Guardamos en la memoria lo que significó el bombardeo de las inmensas bibliotecas de Libia, de Siria, de Irak y ahora de Irán. Tal vez ahora no bombardean pero promueven armas subterráneas, y no es una elucubración.
El profesor Benito Yrady dijo que la Colección Latinoamericana de la Diversidad Cultural (Patrimonio nuestro ante la Unesco) estaba a salvo.
Ignacio Barreto, quien jamás deja de responder así sea para malas nuevas, envió las imágenes de cómo se estaban resguardando los archivos de El Libertador Simón Bolívar y de El Generalísimo Francisco de Miranda en el BCV. No solo eso: ya se estaba encima de la Hemeroteca y de los archivos de partituras demasiado valiosas.
“Todos los servicios son por digital y en línea por ahora, porque (seguridad) no estamos permitiendo el acceso a la Biblioteca. Tenemos el semáforo en rojo”.
@lildelvalle
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