Roberto Notarfrancesco pinta y a la vez construye universos. Sus trazos, intensos y enérgicos, parecen latir sobre el lienzo. El color se convierte en materia viva, en reflejo de las sombras interiores que todos cargamos. Su obra habla de crisis existenciales, de miserias humanas, pero también de la posibilidad de mirar más allá de lo evidente.
Su pieza «El cubo de Saturno, la danza del silencio», presentada en la Galería de Arte Nacional, fue reconocida con el máximo galardón del I Salón Nacional de Arte Elsa Morales 2025, premio que celebra su talento y la capacidad de su arte para incomodar, cuestionar y despertar.
Aunque su trabajo se relaciona con el neoexpresionismo, Notarfrancesco lo lleva a un terreno propio. Busca borrar las fronteras entre lo abstracto y lo figurativo, creando imágenes que parecen surgir de otra dimensión.
Él mismo lo explica: “Es una nueva forma de expresionismo, donde aparecen seres casi no terrenales, semejantes a nosotros, atrapados en espacios invisibles. Hay un toque sobrenatural, mensajes ocultos que brotan del inconsciente”.
Sus obras son como espejos deformados: muestran lo que somos, pero también lo que podríamos ser en otra realidad.
Camino creativo
Nació en Chacao, estado Miranda, el 6 de junio de 1968. Desde niño fue irreverente y curioso, siempre en movimiento. Recuerda que mientras dormía tenía “viajes hacia otras dimensiones”, experiencias que marcaron su imaginación para siempre.
A los tres años, un viaje a Italia lo impactó profundamente. Frente a las esculturas de Miguel Ángel, Bernini y Cellini, sin saber aún que eran obras de arte, quedó fascinado por su fuerza visual. Esa primera conexión con la belleza y la monumentalidad del arte fue como una chispa que encendió su camino creativo.
Su formación académica comenzó en la Escuela Rafael Monasterios de Maracay (1986-1990), donde perfeccionó su técnica y consolidó su rebeldía artística. Desde entonces, el dibujo nocturno y la pintura se convirtieron en sus aliados para explorar lo que habita en la mente y el alma.
Notarfrancesco se nutre de grandes maestros: Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Tiziano, Tintoretto, Egon Schiele, Anselm Kiefer y Georg Baselitz. Su obra mezcla lo medieval, lo renacentista y lo moderno, siempre con un aire desafiante. Pero aclara que su pintura no es pesimista. Es una advertencia. “Mi obra busca despertar a la humanidad sobre su caída.”
Para él, el arte es un espejo incómodo que obliga a mirar lo que preferimos ocultar: las miserias, los egos, las contradicciones. Su visión es suprarrealista, un estado de alerta constante que invita a reflexionar sobre quiénes somos y hacia dónde vamos.


Experiencia vital
Su trabajo ha recorrido el mundo y ha sido presentado en los salones más importantes de Venezuela, como el Salón Arturo Michelena y el Salón Nacional de Arte Aragua. Además, ha participado en exposiciones en Francia, Luxemburgo, Croacia, Japón, República Dominicana, Colombia e Italia. Cada muestra ha sido una oportunidad para que su mensaje trascienda fronteras y conecte con públicos diversos.
Entre sus reconocimientos destacan el Gran Premio del 29º Salón Municipal de Pintura y el Gran Premio del XLII Salón de Artes Plásticas de la Base Naval (2009), entre otros.
Afirma que no busca complacer ni decorar paredes. Su obra es un llamado que sacude conciencias. Cada trazo es una invitación a mirar dentro de nosotros mismos y reconocer las sombras que nos habitan.
Su mensaje es claro: “mi obra busca alertar a la humanidad sobre su caída, y seguirá ocurriendo si no reaccionamos”. Su pintura nos lo recuerda.
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