El San Juan cimarrón: contra la fantasía de la pureza colonial en la memoria insular


La coincidencia suele ser el espacio donde el poder inscribe sus verdades más viejas. El 24 de junio de 2026 la tierra se sacudió en La Guaira mientras los tambores de San Juan sonaban en Naiguatá, y bastó ese instante de suelo roto y cuero repicando para que reapareciera en las redes y en las calles el reflejo colonial más antiguo del continente, usando la incertidumbre del sismo para satanizar la práctica de los históricamente excluidos. La causa de la catástrofe es siempre incierta, y esa incertidumbre es el espacio que la matriz colonial de poder ha llenado durante siglos con una lectura preparada de antemano donde la coincidencia se convierte en causalidad de forma automática.

La costumbre de interpretar un evento natural como una condena de los dioses repite el mismo guión del 26 de marzo de 1812, cuando un terremoto destruyó a Caracas en pleno Jueves Santo y el arzobispo Coll y Prat predicó en la calle, ante la ruina y con los cuerpos todavía bajo los escombros, para decir que la catástrofe era el castigo divino por la osadía de levantarse contra el rey. En ese sentido, la famosa respuesta de Simón Bolívar cuando afirma que «si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella», no puede ser leída como un arrebato de soberbia o superioridad, sino como una posición política que representa la negativa a dejar que la catástrofe sirva de argumento al enemigo para dar continuidad a su dominación. Tanto en 1812 como en 2026 encontramos la misma estructura, una causa incierta y una matriz colonial llenando esa incertidumbre con la clasificación que ya tiene lista, señalando hacia los cuerpos y las prácticas que la jerarquía dominante necesita declarar como origen del caos y el desorden.

Esa urgencia colonial por desarticular la fuerza de la común-unidad re-unida no se limita a los eventos naturales, ni requiere de una catástrofe abierta para operar sobre los cuerpos que encarnan un proyecto popular. “Zambo”, “santero”, “negro” fueron epítetos usados por ciertos discursos para estigmatizar al presidente Chávez, marcas que dentro de la matriz colonial de poder intentaban ubicarlo al margen de cualquier legitimidad política. Es la misma inercia colonial que se actualizó en abril de este año a través de una multitud reunida en la Puerta del Sol de Madrid que, a todo pulmón, decidió llamarle «mona» a la presidenta encargada Delcy Rodríguez. Se trata de la misma operación ejecutada ahora sobre una mujer cimarrona con el objetivo de señalar la supuesta incapacidad para gobernar de esos sectores históricamente excluidos. El tambor de la costa y el proyecto político bolivariano y chavista comparten la misma codificación porque ambos representan la potencia de un cuerpo colectivo ingobernable, la potencia de una común-unidad que resiste a ser administrada por los centros de poder.

Lo que esa mirada jerárquica nunca puede prever es que sus propios dispositivos de control terminan propiciando los encuentros que tanto teme. En el siglo XVI, la industria perlera de Cubagua envió a los esclavizados hacia tierra firme como mano de obra disponible para la siguiente extracción (del cacao), y esa decisión logística determinó que el archipiélago de Margarita heredera el nombre del municipio San Juan pero quedara vacía de la tradición musical que ese santo carga en las cofradías de Barlovento y en la costa continental. El historiador Castañeda documenta que, entre 1581 y 1590, entraron a Margarita 923 africanos secuestrados para la venta, una dinámica de tránsito que explica por qué la población de San Juan, en el municipio Díaz, carecía originalmente del ritmo del tambor. Sin embargo, los cuerpos que por aquí pasaron dejaron una presencia sorda en el territorio. Por ello, cuando en 1957 la dictadura de Marcos Pérez Jiménez desalojó el pueblo de Turiamo, en Aragua, para construir una base naval, las familias desterradas que decidieron venir a San Juan de Margarita llegaron con el Sangueo y la Parranda a cuestas para sembrarlos en un suelo fértil. El tambor de Turiamo prendió con fuerza en la isla porque en su tierra ya habitaba la raíz ancestral.

La Cofradía San Juan Un Solo Corazón existe hoy en este archipiélago porque ese desalojo depositó aquí lo que cuatro siglos de extracción habían impedido que echara raíces. Al comerciar con los cuerpos esclavizados tras el colapso de Cubagua en el siglo XVI y desterrar a todo un pueblo costero en el XX, el orden colonial construyó, sin saberlo, los puentes para este reencuentro. El excedente que el sistema expulsa y persigue regresa siempre por los canales que el propio poder edifica para protegerse. Por eso, el repique que coincidió con el sismo no es el origen de una catástrofe, sino la memoria viva de ese reencuentro que el orden colonial nunca pudo evitar. Frente a la vieja estrategia de usar la tierra rota para imponer el miedo, la persistencia de ese cuero demuestra que, tal como frente a las ruinas de 1812, la voluntad de una común-unidad plantada en su territorio siempre tiene la última palabra.


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