Antes de finalizar la transición de esta semana que da inicio al invierno de estas tierras mías, no quisiera dejar en el fondo de la nada, que con la suerte de la vida deja a veces algo más de un vestigio de recuerdos reunidos entre tantas calles de memorias y alertas desordenadas despues del bombardeo de Trump para secuestrar a Nicolás y a Cilia, una vuelta por esa Caracas de tantas caras y semáforos, carros y gentes con bolsas en las manos y buhoneros vendiendo baratijas.
No recuerdo cómo fuimos a parar a unas calles perdidas que hicieron crujir los sonidos del carro viejo de mi hijo y las voces familiares. Tomando hacia la autopista del oeste la travesía fue un viaje que hicimos en familia y de pronto vi un ojo de Chávez, o un reojo, asomándose entre las tejas rojizas de una casa casi en ruinas por ahí en San Agustín.
Le decimos el paso a unas muchas. A la vuelta vimos una valla que decía «Los queremos de vuelta». Maduro y Cilia estaban allí. Cerca de los ojos de Chávez, ambos con los puntos de vista cambiados.
Aquellas miradas pintadas con un pulso desgastado por el sol, parecían vigilar el laberinto de platabandas y cables que se enredaban en el cielo caraqueño, recordándonos que en este valle hasta las paredes tienen memoria.
Los ojos de Chávez, en aquella muralla de adoquines, se multiplicaban como un eco visual mientras el motor del carro carraspeaba al subir las calles empinadas en un silencio contemplativo. No era solo pintura sobre concreto; era la huella impresa de una época que se niega a borrarse.
Al dejar atrás el barrio y retomar la autopista, la imagen de ese reojo quedó grabada en el retrovisor, fundiéndose con el paisaje de una ciudad que nunca deja de transformarse. Nos alejamos sintiendo que, hay miradas que permanecen ancladas en la pupila de la memoria, observando el paso del tiempo.
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