Conmoción - Últimas Noticias


Nacemos dos veces: cuando venimos al mundo y cuando tomamos el control de nuestra vida. El imperio que impide la libertad se cree invencible. En sus dominios no se pone el sol. Tiene colonias en Europa, en el Pacífico, en África, en América. Pero su moneda se devalúa, su población se pauperiza, su ejército recibe demoledora derrota por milicias revolucionarias, sus colonias se sublevan. El 19 de abril de 1810, una conspiración de blancos criollos destituye en Caracas al capitán general enviado por el gobierno de España –tutelado por el invasor francés José Bonaparte- con la excusa socarrona de conservar los derechos del rey Fernando VII. No hay que descalificar la estratagema: toda revolución comienza como intento de reforma moderada que es brutalmente atropellado por el poder. Pero la indefinición no libera. Pasan quince meses y llega la hora de la verdad.

Libre comercio y exención

de impuestos. ¿Qué hace la Junta Suprema instalada el 19 de abril de 1810 durante este interregno? Trata de consolidar la unidad entre provincias a las que reconoce autonomías federativas. Favorece el libre comercio: permite la libre importación de instrumentos para la producción agrícola, elimina impuestos de alcabala y de exportación, exceptúa de tributos a los indígenas e ilegaliza el tráfico de esclavos, pero no la esclavitud.

Diplomacia impetuosa. En lo internacional, la Junta envía misiones a Estados Unidos e Inglaterra. La última, integrada por Andrés Bello, López Méndez y Simón Bolívar, es financiada por el futuro Libertador. El 17 de julio de 1809, el impetuoso joven expone ante sir Richard Wellesley, titular del Foreign Office, la posición de la Junta de Caracas de defensa de los derechos de Fernando VII, pero añade que para ello se ha de desconocer a las Cortes de Cádiz. El funcionario le objeta que las instrucciones que la misión lleva no se extienden al desconocimiento de la Corona de España (Parra-Perez, 247). Inglaterra, interesada en la libertad de comercio, no puede obrar contra España, su aliada en el conflicto con Bonaparte.

Preparación de la defensa. El fracaso diplomático hace temer un conflicto armado. La Junta reorganiza el ejército, que para noviembre de 1811 cuenta con 23.064 efectivos, la mayoría sin armas y dirigidos por una oficialidad clasista (Febres Cordero, 55). El 31 de diciembre de 1810 nombra teniente general de los Ejércitos de Venezuela a Francisco de Miranda, a quien Bolívar ha convencido de regresar desde Londres.

Representantes oligarcas. La Junta podría prolongar su cómoda indefinición. En lugar de eso, apela a la misma voluntad popular que invocó el 19 de abril. Entre octubre y noviembre de 1810 convoca a elecciones. Durante la Colonia funcionaron instituciones con visos representativos, como los cabildos, pero los cargos en ellos terminaron siendo comprados y ejercidos a perpetuidad por los blancos criollos. La Junta convoca a elegir representantes para un Supremo Congreso de las Provincias Unidas de Venezuela, con un diputado por cada 20.000 electores. Pero sólo pueden elegir y ser elegidos los ciudadanos libres mayores de 25 años, varones y propietarios de inmuebles. Están excluidos indígenas, esclavos, pardos y mujeres. La suerte del país la decidirá una especie de club de propietarios. El plan es que todo siga igual, salvo la sujeción a España. El resto de la población decidirá otra cosa.

Oponeros a toda otra dominación. Al encargarse, los flamantes elegidos se dirigen en procesión hasta la Catedral de Caracas, donde el arzobispo Coll y Prat les impetra “oponeros a toda otra dominación que pretenda extender soberanía en estos países, o impedir su absoluta y legítima independencia, cuando la Confederación de sus Provincias lo juzgue conveniente (…)” (Pino Iturrieta, 124).

Agitan a favor de la Independencia

Los elegidos se reúnen desde el 2 de marzo de 1811 en Caracas para integrar el Supremo Congreso de las Provincias Unidas de Venezuela, con 3 diputados por Barcelona, 9 por Barinas, 24 por Caracas, 4 por Cumaná, 1 por Margarita, 3 por Mérida y 1 por Trujillo. Se niegan a integrarlo las provincias de Coro, Maracaibo y Guayana. Los revoltosos caraqueños dominan la asamblea. Las barras agitan a favor de la independencia, e incluso amenazan a sus adversarios. (Pino Iturrieta, 126).

¿Trescientos años de calma no bastan? Paralelamente con esta asamblea de representativos funciona otra, la Sociedad Patriótica, compuesta por los más vehementes independentistas, cuyas deliberaciones no producen acuerdos obligatorios, pero ejercen tal influencia que en su célebre discurso del 3 de julio, Simón Bolívar se ve obligado a aclarar: “No es que haya dos congresos. ¿Cómo fomentarán el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía; ayer fue mengua, hoy es traición”. Y a título seguido, corta el nudo gordiano de las cavilaciones con una arenga memorable: “Se discute en el Congreso Nacional lo que debiera estar decidido. ¿Y qué dicen? Que debemos comenzar por una confederación. ¡Como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera! ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. Que los grandes proyectos deben prepararse con calma. ¿Trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía?” (Liévano Aguirre, 50).

Había más luces e ilustración que en Caracas. El fogoso orador solicita que una comisión transmita sus conceptos al Congreso. Estos producen tal efecto, que el 5 de julio se plantea el debate exigido. La sesión es tumultuosa; las barras gritan lemas favorables a la autonomía. Para disipar incertidumbres, Francisco de Miranda afirma que en ninguna ciudad de Estados Unidos “había más luces e ilustración que en Caracas”. A excepción del diputado Maya, todos se pronuncian por la independencia total. Recoge lo esencial de los debates el Acta de Declaración de Independencia, que redactan posteriormente el diputado Juan Germán Roscio y el secretario Isnardi. Francisco de Miranda: «…tremoleó la bandera de la Libertad e Independencia como teniente general de las tropas caraqueñas…». Así terminan trescientos años de calma; empiezan doscientos de combate.

PD: Se cumplen ya cinco semanas sin que Cantv repare la avería de mi internet de fibra óptica.


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