Siempre pasa. Siempre esos momentos y sus resultados levantan sospechas y dejan amargos comentarios que el tiempo se encarga de ir disipando. Esta vez fue el grupo en el que Argentina comenzará a defender su majestad. Enfrentar a Austria, Argelia y Jordania no será igual que, digamos, Noruega, como le tocó a Francia, o a Colombia, que tendrá que “ajustar los machos”, como se dice en España, para dividir la cancha con Portugal. Se dice que los argentinos navegarán en aguas tranquilas pues no les tocará exponerse con un equipo duro, y por eso se sospecha que tras el sorteo hubo manejos por los negocios que pueda tener la Fifa con las empresas patrocinadoras del Mundial, y las millonarias ventas garantizadas entre la juventud por las camisetas de Lionel Messi. Sí, hay razones para que las dudas se paseen con su traje de gala, pero ¿no fue un sorteo en apariencia limpio?, ¿tiene Argentina la culpa de que les haya favorecido de esa manera?, y si les hubiera tocado un rival de los poderosos y lo hubiera vencido, ¿se hubiera dicho lo mismo? Ahí queda ese reguero de incertidumbres; siempre habrá, en cada sorteo y en cada resultado, las dudas tan inherentes al ser humano…
Y ahora, la Vinotinto. El sorteo mundialista fue seguido, como siempre ha sido, con interés. Solo que esta vez llevaba, adherido a cada bolita, a cada bombo, a cada mano de la fortuna, aquella nostalgia triste, desilusionante, pensando que el equipo nacional pudo haber estado ahí, y entreverarse en aquel universo de figuras del fútbol. Pero, y veamos las cosas con objetividad. Si Venezuela trascendía para llegar a la repesca ocuparía el lugar que hoy ostenta Bolivia, y después de dejar atrás sus adversarios circunstanciales, entraría en el grupo en el que Francia se erige como conductor. Después del partido ante los franceses le correspondería enfrentar a Noruega y al implacable Erling Halland, para terminar su paso por la llave ante Senegal. ¿Sobreviviría ante tal panorama?…
El caso es que el Mundial levantaría huracanes de entusiasmo, pero perder, caer con estrépito, podría funcionar al revés. Por eso es que, lo más importante para el fútbol venezolano sería, más que llegar al Mundial, trabajar con intensidad y conciencia en las divisiones menores en la formación de jugadores para los años porvenir, y para un esquema con renovación permanente. Bueno, el día del Mundial, que como el tiempo de vida se hace indetenible y con las fauces abiertas, está por llegar a “comerse” a los débiles y a glorificar a los colosos, a los de toda la vida. ¿No tendrá el destino algo grande y refrescante para devolver al fútbol a sus orígenes de deporte por el deporte mismo?
Nos vemos por ahí.
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