
Los partidos de cuartos de final representarán la imagen citada en el título de la columna. Porque no serán hojas, sino las selecciones que irán hoy, en embalaje indetenible, en busca de llegar hasta las semifinales del Mundial. Noruega, y su carrusel de colores y goles, chocará con el clasicismo de Inglaterra, mientras que Argentina, con su parsimonia eficiente y su buen jugar, tendrá en Suiza un adversario enmarañado y formidable. Serán partidos de alto calibre, de difícil vaticino y con resultados poco previsibles. El campeonato, no obstante afanes, injusticias y reclamos, sigue navegando en un mar turbulento como suelen ser los torneos de esta naturaleza. No todo festejan, no todos protestan, pero al final del camino regresarán a casa con la satisfacción del deber cumplido: jugar el Mundial, vaya condecoración…
Noruega es una fiesta. Sus jugadores, casi siempre sonreídos, apostarán porque la pelota le llegue limpia a Erling Haaland. El artillero, implacable como pocos, no perdona. Los dos goles marcados a Brasil fueron de una belleza y de un sentido de colocación admirables. Pero Inglaterra no se anda con chiquitas. Harry Kane, tan bravo como Haaland cuando entra al área, será la gran apuesta de Londres. Este equipo es de buen jugar, apegado a los tradicionalismos del juego pero muy duro de matar, como las películas de Bruce Wilis. En este partido habrá ofensivas continuas, llevadas por los escandinavos, y pausas y buen jugar de parte de los ingleses. Será un duelo de estilos, de escuelas, en el que prevalecerá aquel que aproveche los errores contrarios y sea fiel a su concepción del fútbol…
Y ahora, Argentina. Con su sabiduría para andar por los senderos del Mundial, y su conocimiento del juego y del esquema invariable pero único, es un equipo serio que tiene la virtud de encontrar siempre, en sus evoluciones, a los jugadores en las llamadas “zonas muertas o espacios libres”, Es un equipo que, por esas condiciones, difícil de batir, y aunque Lionel Messi y algunos de sus hombres comienzan a sentir el paso de la edad, conocen exactamente dónde estará cada uno para hacer daño al adversario. Pero Suiza no está ahí por casualidad ni por un sorteo ganado. Es un cuadro de complicaciones, que parece confuso aunque sus jugadores saben lo que hace, y además, busca el gol por caminos poco transitados. Se arma bien en la zaga, su mediocampo funciona como un reloj suizo, por cierto, y su ataque, llevado por Embolo, Rieder y Ndoye, puede ser una arma incontrolable. Partidos de alta pegada, de magníficas individualidades, que ganarán aquellos que respeten más sus propuesta colectiva. Nos vemos por ahí.
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