Caraqueños vivieron el susto de sus vidas


Iván Cróquer estaba cocinando la cena a las seis de la tarde del pasado 24 de junio. En esos menesteres, la niña que lo acompañaba le indicó que el televisor temblaba, pero no le hizo caso. De repente, todo comenzó a estremecerse, el piso, los platos, el mobiliario, la misma cocina. Los espaguetis y la carne guisada cayeron al suelo, al igual que las lámparas. Inmediatamente agarró a la niña y, junto con sus dos hermanas, dos ancianas de 85 y 87 años, salió corriendo y bajaron las escaleras. Muchos en el pequeño edificio salieron a la calle en ropa interior o pantaloncillos cortos, típicos de un normal día de asueto en la quietud del hogar.

“Eso fue terrible”, dice sentado en uno de los muros de la plaza Candelaria. Gracias a Dios, no hubo fallecidos ni heridos.

Afortunadamente, Cróquer, pariente del famoso narrador deportivo Pancho Pepe Cróquer, vive en el segundo piso de un edificio ubicado al lado del hospital de Lídice, en Campo Elías, Manicomio. La distancia de allí a la calle es bastante corta.

“El edificio quedó con varias grietas y filtraciones. Me gustaría que las autoridades se abocaran e hicieran una revisión. ¡Dos terremotos juntos! Nunca se había visto eso. Duró unos diez segundos. Yo soy maestro metalúrgico jubilado. Después que pasó todo, esperamos hasta las doce de la noche. Cuando se calmó, dimos gracias a Dios y nos fuimos para la casa. Así fue, amanecimos bien. Me parece que el gobierno lo está haciendo a la maravilla con la atención de rescate y auxilio de las víctimas. Prestándole un buen servicio a la comunidad”, señala.

Rómulo Liscano, también contactado en la Plaza Candelaria, mientras tomaba fotos de la iglesia, tiene diez en Caracas visitando a la familia, los hijos. Hoy retorna a Carora, Río Tocuyo, en el estado Lara.

Aquel día estaba en Propatria en un edificio pequeño de cuatro pisos, junto a la yerna, la sobrina y los niños. Confiesa que el susto fue inmenso. Terrible.

“Yo no había sentido algo tan feo, será la altura porque en Carora todo es plano, vivimos en una casa baja, en terreno sólido. El susto aumenta por los niños; un adulto sabe cuidarse, ellos no. Agarré a mi yerna y a mi sobrina y nos pusimos en una columna, ya que las escaleras son estrechas para bajar a la carrera. Le dije a la sobrina que nos quedáramos allí y pasáramos el susto. Las estructuras pequeñas generalmente aguantan. Yo me encomendé a Dios inmediatamente. Bajamos y nos quedamos a dormir en una casa del frente. Los vecinos nos dieron para dormir esa noche. Por las réplicas, ¿quién se queda allá arriba? Luego nos acostamos para descansar. Mis hijos trabajan en Caracas.

Ese día el Metro dejó de funcionar y las camioneticas tardaban mucho. Hubo un momento en que se cortó la electricidad. No hubo señal telefónica por poco más de una hora. Luego pudimos comunicarnos y decirle a los muchachos que todos estábamos a salvo”, cuenta Liscano.

Por estos días, en Caracas la vida transcurre con bastante normalidad, como si la ciudad hubiese recuperado su ritmo. En cada esquina o banco de plaza, el tema obligado se circunscribe al terremoto y la situación en La guaira. Cada quien tiene una historia.

La plaza Candelaria luce con bastante gente. Muchos miran a la fachada central de la iglesia, donde estaban la cruz y el nicho de la virgen, derribados por la fuerza telúrica. En el patio de entrada, al costado, rodeado de cintas amarillas, está una estatuilla de San José Gregorio Hernández, paradito, al lado de un pedazo de losa. Adentro, las mujeres rezan el rosario y permanecen en silencio frente a la capilla que guarda los restos del santo. ¡Que viva Venezuela!

Roque Gamboa, sentado en un banco de la plaza Bolívar, narra que el día del sismo estaba en Sabana Grande cumpliendo con su trabajo. A su lado está Neris Alvarado.

Gamboa, con 71 años, se acordó del terremoto de 1967, cuando tenía 12 años.
“ Aquí vi a la gente corriendo. Trataba de parar a los que salían en estampida. Les decía que anduvieran despacio, que no se tropezaran, que no pisaran al del frente, que se dieran la mano, que los padres no soltaran a los hijos. Yo iba hablando y caminando para salir del local donde estaba. Cuando llegué a la puerta, me percaté de que todo había terminado. El gentío llenó la avenida Casanova. Algunas mujeres lloraban. Los maridos o las parejas le decían, no llores que ya pasó. Lo que te quiero decir con esta narración es que el pueblo venezolano se ha portado como debe ser, como siempre lo ha hecho, con coraje, fe, ánimo. La colaboración y ayuda prestada por el Gobierno, desde el evento del 24 de junio, es ejemplo de organización, de compasión, de amor por el pueblo venezolano. ¡Viva Venezuela!.

Neris Alvarado cuenta su vez que caminaba por la plaza El Venezolano. De repente vio a una señora que gritaba despavorida. Las ramas de los árboles comenzaron a caerse en la plaza. Él se abrazó a un árbol y desde allí miraba la torre del Banco Venezuela, en donde trabajó 15 años, que se mecía para uno y otro lado. Se preguntaba si se caería ese edificio gigante. Al cesar el evento, había gente desmayada, otros convulsionaron, un señor con un infarto.

“Yo mantuve la calma. Luego me fui caminando hacia el Colegio de Ingenieros donde vivo, al lado del Sistema de Orquesta. Caminé por la avenida Bolívar, previendo que no me cayera encima un edificio. Yo tengo 54 años viviendo en Caracas y jamás había visto tanta gente en la calle como en ese día”.


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