Lo absurdo en nuestra época.


El polvo ya se ha asentado, pero una réplica más profunda y silenciosa sacude a Venezuela. Las cifras oficiales hablan de pérdidas materiales y víctimas fatales, pero hay una devastación que no se mide en toneladas de escombros: la de la psique de una nación que, incluso antes de que la tierra temblara, ya vivía en estado de emergencia emocional. Lo que enfrentamos hoy no es solo una crisis de salud mental individual, sino un cuadro de depresión colectiva que amenaza con paralizar la reconstrucción del país.

Para entender el fenómeno colectivo, primero debemos trazar la frontera de la patología individual. La depresión clínica dista mucho de una simple “tristeza pasajera”. Es un trastorno del estado de ánimo que se caracteriza por una anhedonia profunda (incapacidad de sentir placer), fatiga crónica, alteraciones del sueño y del apetito, sentimientos de culpa, inutilidad y una visión desesperanzada del futuro. A nivel cognitivo, la persona experimenta una ralentización del pensamiento y una incapacidad para concentrarse o tomar decisiones. En su forma más grave, viene acompañada de ideación suicida recurrente.

En el contexto de un desastre natural, estos síntomas no son inmediatos en todos los casos. Las primeras semanas están dominadas por el instinto de supervivencia y la respuesta aguda de estrés. Es el “estado de shock”. Luego, cuando el silencio sepulcral reemplaza al estruendo de las sirenas, emerge la verdadera herida. Y ahí es donde nos encontramos ahora.

Es difícil hablar de números precisos un mes después del evento. Sin embargo, la psiquiatría de desastres nos ofrece proyecciones claras y aterradoras. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) estima que, tras un sismo devastador, hasta el 25% de la población afectada puede desarrollar trastorno de estrés postraumático, y una proporción similar, trastornos depresivos mayores en los meses subsiguientes. Aquí, cuando hablamos de población afectada, incluimos a todos los que vivieron el terremoto. ¿Cuántos venezolanos vivieron el terremoto?

Pero Venezuela no parte de cero. Arrastrábamos una preexistencia de sobrevivencia y negatividad muy extendida. La crisis compleja que hemos vivido había ya cronificado la angustia. El terremoto actuó como un acelerador brutal de un proceso de desgaste psíquico ya en marcha. Ahora, los reportes de los psicólogos voluntarios en los albergues hablan de un síntoma dominante: el llanto sin motivo aparente y un vacío que no se llena ni siquiera al recibir ayuda humanitaria, además del negarse el afectado a hablar de lo ocurrido.

¿Es correcto hablar de “depresión colectiva”? No es un diagnóstico clínico, sino un síndrome psicosocial. Lo colectivo no es la suma de depresiones individuales, sino un fenómeno emergente. Una comunidad desarrolla un estado de ánimo compartido de indefensión aprendida. Es cuando un grupo social siente que, sin importar lo que haga, que el resultado será trágico o negativo.

Se manifiesta como una cultura de la desesperanza, desaparecen las conversaciones sobre proyectos a largo plazo, se instaura un silencio apesadumbrado, una soledad pesada y la previsión y la expectativa se reduce al día a día y dándose la pérdida del deseo de encuentro. Es una parálisis del tejido social.

Y la depresión colectiva post-terremoto se alimenta de tres venenos:

1.  El duelo masivo y no resuelto. Familias enteras sepultadas, rituales funerarios incompletos que impiden el cierre del ciclo emocional. A esto se puede agregar el asombro del que quedó vivo.

2.  La ruptura del “apego al lugar”. La casa no era solo un techo; era la memoria, la identidad. Su destrucción fractura la biografía personal. A esto sumamos un contexto urbano destruido al que hacías inconscientemente referencia y te ofrecía una normalidad que ya no existe.

3.  La ruptura de la inconsciencia. El terremoto no solo fracturó edificios, sino la última fibra de contención simbólica. Se experimentó en esas horas críticas una verdad más devastadora que el movimiento telúrico: nuestra fragilidad. Nuestra infinita fragilidad y de todo lo que consideramos como real y valioso. Que en un momento la vida cambia. Y con esto la confirmación de que el tejido protector que une a una sociedad ya está desgarrado. Nada puede evitar la impresión de «estamos solos». Y sobre ese vacío de protección, la depresión colectiva encuentra su caldo de cultivo más fértil.

¿Cuánto dura? Un duelo colectivo por un desastre natural de esta magnitud suele tener una fase aguda de 3 a 6 meses. Pero si no hay intervención psicosocial masiva y efectiva, la depresión colectiva puede cronificarse durante años. Se convierte en un rasgo cultural, una “tristeza heredada” que se transmite intergeneracionalmente. El riesgo para Venezuela es pasar a ser un país funcionalmente deprimido.

La historia nos advierte de lo que podría ocurrir:

– Chile, 2010: Tras el terremoto, las autoridades chilenas enfrentaron no solo la reconstrucción física, sino un pico de suicidios en las zonas devastadas. La depresión post-desastre fue tan evidente que el gobierno tuvo que desplegar un programa nacional de salud mental específico para catástrofes, aprendiendo que sin salud mental, no hay reconstrucción.

– Nueva Orleans, 2005 (Katrina): El huracán destapó un fenómeno conocido como “duelo ambiental”. Años después del desastre, los habitantes presentaban lo que los médicos llamaron el “síndrome de Katrina”: una combinación de depresión, hipertensión y diabetes tipo 2, demostrando que el estrés colectivo no resuelto se somatiza en el cuerpo.

– Haití, 2010: El terremoto haitiano es el espejo más oscuro. La magnitud de la muerte, combinada con la pobreza extrema, generó una población atrapada en la anhedonia. Diez años después, los estudios psicosociales mostraban que la depresión se había normalizado como estado basal de la población, dificultando cualquier proyecto de desarrollo.

En Venezuela, el peligro es la sinergia letal entre una crisis cíclica y un trauma agudo. Lo que puede suceder ya está sucediendo en los albergues: la inmovilidad. La gente no solo está esperando una caja de alimentos o que los protejan o un lugar donde dormir; está perdiendo la iniciativa de su vida.

El riesgo inminente es el colapso del llamado “capital social”. Si la depresión colectiva se consolida, veremos un aumento de la migración irregular como acto de huida desesperada, pero no planificada. Veremos también el aumento de la violencia intrafamiliar como válvula de escape de una frustración sin palabras. Y veremos, sobre todo, la aceptación pasiva de un no futuro o del sálvese quien pueda. La frase “esto es lo que hay” es el síntoma clínico de una sociedad deprimida.

Para evitarlo, la ayuda humanitaria no puede limitarse a dar agua, carpas, medicina general o “mucho amor y comprensión”. Se requiere una intervención psicosocial de base comunitaria con objetivos claros y medibles: reducir la prevalencia de la indefensión aprendida, restaurar la cohesión social y devolver la capacidad de acción a los sobrevivientes. Esto es enfrentar a tres gigantes. E implica aplicar una metodología estandarizada y escalable, como la de los Primeros Auxilios Psicológicos de la OMS, combinada con el modelo de grupos de apoyo, donde las comunidades no solo reciben terapia, sino que se convierten en su propia red de contención y detección precoz de casos graves.

La intervención psicosocial de base comunitaria debe partir de una comprensión radical de lo que el trauma produce en la psique: el individuo está parcial o totalmente desintegrado, y debe reintegrarse en lo posible respetando sus tiempos. El terremoto no solo derrumbó paredes; hizo añicos la continuidad del ser. Memorias, sensaciones, afectos y percepciones quedan dispersos como esquirlas, desconectados entre sí y del presente. Sin embargo, en medio de esa fragmentación, la estructura del yo se mantiene milagrosamente. Es ese núcleo el que hay que alcanzar, proteger y fortalecer.

La intervención psicosocial de base debe tener un objetivo clínico primordial: atenuar las impresiones y vivencias traumáticas a fin de que dejen de tener efectos negativos sobre el presente de la persona afectada

No se trata de revivir el horror ni de forzar narrativas catárticas prematuras, sino de ayudar al sobreviviente a recoger sus propias partes rotas y anclarlas en el aquí y ahora, donde el peligro ya pasó, aunque su sistema nervioso siga actuando como si la tierra aún temblara.

Para ello, es fundamental restaurar la relación con el cuerpo y con el yo, dos dimensiones que el trauma disocia: el cuerpo se convierte en un extraño que duele sin razón, y la identidad queda sepultada bajo los escombros de lo perdido. Técnicas de respiración consciente y técnicas de eliminación de traumas, insomnio y ansiedad, que permitan que la persona recupere poco a poco la sensación de habitar, de que ese yo milagrosamente preservado pueda reconocerse otra vez en su propia piel.

Restaurar en lo posible el sueño es otra prioridad clínica, pues sin descanso reparador el cerebro no procesa el duelo ni consolida la memoria no traumática. Pero al mismo tiempo, es necesario dejar que las personas cumplan y desarrollen su luto. No hay cura sin llanto, sin rabia expresada, sin el permiso de nombrar a los muertos y despedirlos con el ritual que sea posible. Para esto se requieren momentos de apoyo terapéutico sostenidos en el tiempo, no intervenciones aisladas o inmediatistas. Se vuelven importantes los espacios grupales donde el dolor encuentre testigos, no soluciones; donde la palabra rota pueda reconstruirse. Y luego, cumplido este tránsito, viene la inmensa tarea de intentar rehacer su vida. Ahí es donde el programa debe integrar el mejoramiento de las capacidades de trabajo y emprendimiento, no como una mera estrategia económica, sino como un acto de resignificación existencial: volver a construir algo con las propias manos es la prueba más tangible de que el yo reintegrado puede proyectarse hacia adelante, que el futuro aún puede ser habitado.

Hay una sombra que se cierne sobre cualquier desastre de esta magnitud y que debe ser nombrada sin eufemismos: el incremento de suicidios. Lejos de ser una anomalía, constituye una consecuencia esperable en el complejo proceso de duelo colectivo. La literatura científica en psiquiatría de desastres documenta aumentos significativos en las tasas de suicidio durante los dos años posteriores a un terremoto devastador. No es un acto de cobardía ni un pecado; es la salida que le queda a una persona que se siente radicalmente desamparada ante el dolor insoportable de una pérdida inimaginable, inenarrable e invivible.

Lo inenarrable no es solo lo que no se puede decir; es aquello para lo cual no existen palabras porque el hecho mismo destruyó el lenguaje que podría nombrarlo. Lo invivible no es la muerte propia, sino la imposibilidad de seguir habitando una vida donde el otro —el hijo, la pareja, los padres o todos— ya no está. Frente a este riesgo, la vigilancia comunitaria es tan vital como el agua potable. Se necesitan protocolos de detección de ideación suicida en los albergues, acompañamiento continuo a personas en duelo complicado y, sobre todo, una red de oyentes entrenados que sostengan sin juzgar. Porque quien ha perdido las ganas de vivir no necesita discursos de esperanza prefabricada; necesita a alguien capaz de permanecer junto a su abismo sin huir. Necesita, en el sentido más profundo y literal, que no lo dejen solo.

Ahora, hay que señalar que toda intervención psicológica que se precie en un desastre debe ir acompañada de una urgencia económica: no hay salud mental sin un plato de comida, pero tampoco la hay sin un propósito.

El tener un objetivo es el verdadero antídoto contra la depresión colectiva: restaurar la creencia de que la propia acción puede modificar la realidad. Ahora esto debería ser un plan a mediano y largo plazo, lo que va en contra de nuestra cultura inmediatista.

El terremoto mató miles de cuerpos. La depresión colectiva, si no se atiende con inteligencia clínica y económica, matará el alma de muchos. Y un país sin alma no se reconstruye, simplemente vegeta sobre sus propias ruinas.


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