Vivimos en la época más lógica de la historia. Hemos descompuesto el universo en fórmulas, el trabajo en algoritmos y la vida en objetivos medibles. Sin embargo, nunca antes el resultado colectivo de nuestras racionalidades había sido tan profundamente absurdo y estúpido. La paradoja es esta: cuanto más nos empeñamos en construir sistemas cargados de sentido (económico, político, tecnológico), más generamos un sinsentido global que nos paraliza.
Tomemos el dogma central de nuestra civilización: el crecimiento económico. Es una lógica impecable en su propio encierro, para que un sistema capitalista funcione, debe crecer cada trimestre. Las empresas que no lo hacen desaparecen. Los países que no crecen entran en crisis. Todo tiene sentido dentro del tablero de juego.
Pero este sentido interno choca con el mundo físico. Durante décadas, hemos sabido que la temperatura media del planeta aumenta. Los termómetros no engañan, 2023 fue el año más cálido desde que existen registros, y 2024 lo superó y este año es peor. Frente a este hecho, nuestras racionalidades responden con gestos simbólicos, cumbres del clima que producen documentos llenos de buenas intenciones, mercados de carbono que se negocian como bonos, coches eléctricos que requieren litio extraído con devastación minera. La humanidad sigue igual en su actitud suicida.
Otro nivel del sinsentido es el más escalofriante. Poseemos más información precisa que ninguna otra generación. Sabemos que, si la temperatura sube 1,5°C, los arrecifes de coral morirán. Sabemos que a 2°C, las cosechas de trigo colapsarán en el sur global. Sabemos las fechas, los modelos, los nombres de los fenómenos: El Niño, corrientes del Atlántico, deshielo del permafrost.
Y sin embargo, las emisiones de CO2 siguen batiendo récords. La lógica del «conocer es actuar» resulta falsa. No es que no sepamos; es que la racionalidad del sistema (precios, elecciones, plazos electorales, rentabilidad privada, concepto de progreso) ha secuestrado cualquier otra forma de sentido. El economista no ve un planeta que se quema, ve “externalidades” que aún no están “internalizadas” en el precio del barril.
Podemos identificar tres formas de racionalidad dominante que, aplicadas al cambio climático, revelan su sinrazón profunda:
La racionalidad económica dice: «Si no es rentable, no se hace». Pero el planeta no tiene plan de negocio. Cuando la rentabilidad privada exige no dejar combustibles fósiles bajo tierra, la lógica económica produce la destrucción de su propia base física. Es el sentido que se devora a sí mismo.
La racionalidad política dice: «Haremos lo que los votantes toleren». Pero ningún político puede ganar unas elecciones pidiendo sacrificios reales hoy por beneficios inciertos en 2050. El plazo electoral generalmente es de 4 años; el plazo climático es de décadas. La democracia, tan sensata en otros ámbitos, aquí genera parálisis por diseño.
La racionalidad individual dice: «Yo no puedo hacer nada, que cambien las grandes corporaciones y gobiernos». Y cada persona tiene razón: una familia que apaga la luz no frena una central de carbón. Pero 8.000 millones de personas pensando así reproducen el problema. Es la trampa de la acción colectiva elevada a pesadilla lógica.
Pero lo más inquietante no es que el mundo funcione mal. Es que funciona exactamente como hemos diseñado que funcione. El termómetro va subiendo mientras las petroleras publican memorias de sostenibilidad. Las olas de calor están matando ancianos en Europa mientras los vuelos charters a destinos tropicales baten récords. No hay una mano malvada moviendo los hilos; hay millones de decisiones racionales, justificadas, defendibles cada una desde su perspectiva, que en conjunto producen un suicidio colectivo en cámara lenta. Da nauseas.
Paul Watzlawick, el teórico de la comunicación, decía que a veces la solución más lógica a un problema es la que lo perpetúa. Nos empeñamos en buscar más crecimiento para pagar la adaptación climática. Más tecnología para extraer CO2 del aire. Más mercado para poner precio al carbono. Es la lógica del bebedor que pide otra copa para curar la resaca.
¿Hay salida? Quizá no en el terreno de las racionalidades vigentes, sino en su abandono. El sinsentido del sentido nos invita a reconocer que el problema no es técnico sino de marco lógico, hemos confundido “utilidad” con “sentido”. Una cosa es lo que funciona para el PIB, y otra muy distinta lo que tiene sentido para la vida en un planeta finito.
Las culturas que llamamos «primitivas» nunca cometieron este error. Para un pueblo indígena, la lluvia no es un «recurso hídrico» cuya optimización requiere modelos matemáticos. Es una relación. El sentido no estaba en la eficiencia, sino en la pertenencia. Nosotros, en cambio, hemos hecho del mundo un objeto de cálculo, y el resultado del cálculo es que no necesitamos el mundo.
El título de este artículo no es nihilista. Señalar que nuestras racionalidades actuales producen sinsentido no significa que el sentido no exista, sino que hemos atornillado nuestras tuercas lógicas en los lugares equivocados. El termómetro global sigue subiendo. Nadie hace nada dentro de la lógica vigente. Pero quizá la verdadera acción comienza justo donde esa lógica se rompe: en reconocer que un mundo en llamas no es un problema técnico mal resuelto, sino una invitación a pensar de otro modo.
El sinsentido del sentido actual es, paradójicamente, el único sentido posible para un futuro habitable. O aprendemos a desaprender nuestras lógicas suicidas, o seguiremos siendo criaturas racionales que, con la razón más impecable, caminan tranquilas hacia el abismo.
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