Cuando la tierra se sacude con la violencia que lo hizo en Venezuela el pasado 24 de junio, se resquebraja algo más que los edificios: nuestra tolerancia a la incertidumbre. Por eso no debe sorprendernos que, ante dos seísmos de magnitud superior a siete, resurgiera la sospecha de una mano ajena, tecnológicamente atractiva y deliberada.
El Programa de Investigación Auroral Activa de Alta Frecuencia (HAARP, por sus siglas en inglés) está atrapado entre la realidad y el mito. La instalación de 180 antenas transmisoras ubicada en Gakona (Alaska) forma parte de un centro de investigaciones de la Universidad de Alaska Fairbanks cuyo objetivo es perturbar una capa tenue de la atmósfera. Sin embargo, su capacidad reportada le aleja de la posibilidad de romper una falla cortical, para lo cual sería necesario vencer fuerzas de fricción acumuladas durante siglos bajo kilómetros de roca. Hasta la fecha, no hay ningún mecanismo físico ni huella instrumental que relacione ambos fenómenos. En cambio, en la geodinámica en la que se asienta nuestra república, las fallas de Boconó, El Pilar, Oca Ancón y San Sebastián llevan milenios acumulando la deformación que generan las placas del Caribe y Sudamérica en su roce constante. Esta explicación, mucho menos sugerente y fantasiosa, coincide con la sismología, la historia y los registros científicos.
Por otro lado, la sismicidad inducida por el ser humano es real, pero funciona de manera diferente. Los embalses, la minería profunda, la extracción de fluidos o la inyección subterránea pueden alterar las cargas y las presiones de los poros cuando existe contacto físico con el subsuelo, lo que provoca fenómenos de magnitud con picos de entre 5,3, como en Sichuan (China), y 5,8, como en Pawnee (Oklahoma), ambos causados por fracturación hidráulica. En estos casos, existen variables medibles: profundidad, volumen, presión, localización de pozos, evolución temporal de los eventos y proximidad a fallas preexistentes. Confundir estos mecanismos con una transmisión ionosférica remota debilita el conocimiento en lugar de ampliarlo.
El verdadero reto consiste en ir más allá de los amplios foros, tanto formales como informales, dedicados a HAARP. El desafío consiste en evitar que la fascinación por una causa extraordinaria desplace las tareas que de verdad salvan vidas, como ampliar las redes sismológicas, acelerográficas y geodésicas, estudiar la deformación mediante sistemas satelitales, cumplir con un plan nacional de microzonificaciones sísmicas y convertirlas en ordenanzas municipales, inspeccionar edificaciones, actualizar la norma sismorresistente y preparar a las comunidades ante la realidad de los terremotos en los lugares donde hemos decidido construir nuestras vidas.
En este sentido, la soberanía tecnológica se construye ampliando los conocimientos sobre la amenaza sísmica en el territorio mediante estaciones que proporcionen datos precisos y registros accesibles, identificando la vulnerabilidad sísmica de las construcciones y de la población, y contando con profesionales especializados, investigación independiente y decisiones públicas capaces de diferenciar las respuestas falsables a la incertidumbre de aquellas que provienen de la ficción. La ciencia nunca promete certeza absoluta, sino algo más útil: métodos para explorar, métodos para rectificar, comparación de hipótesis plausibles y, probablemente muy pronto para recordarlo: la mejor forma de actuar de manera integral antes del próximo terremoto.
@betancourt_phd
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