
Estamos de plácemes. Ángel Rama cumple un siglo de haber nacido. Montevideo escucharía su primer llanto el 30 de abril de 1926 y la crítica literaria sonreiría. La investigación de las Letras, sobre todo de esta parte del mundo, le debe mucho a este perseverante intelectual que hizo de Venezuela su segunda patria.
El arte en general y la dramaturgia en específico lo atraparían tempranamente, no obstante, las traducciones y el periodismo tomarían por asalto a este joven que más tarde pertenecería a la “generación crítica” o a la “generación del 45”. La docencia, la bibliotecología y la archivística también lo cautivarían.
Frisando su treintena de años sería becado por los franceses, experiencia que le facilitaría acercarse a Marcel Bataillon y Fernand Braudel, pensadores de los cuales abrevaría para la conformación de su mirada sociohistórica de la cultura.
Su marca personal la dejaría en la sección literaria de Marcha, que coordinaría entre 1959 y 1968, órgano de gran significación en el país sureño con repercusiones continentales. Los marginados del canon literario encontrarían en este semanario una tribuna para sus visibilizaciones.
Asimismo, en la idea de dar a conocer a los autores de esta región se inscribe, su creación, la editorial Arca.
Rama dejaría su rastro en el Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República, y sería integrante del Consejo de Redacción de Casa de las Américas, prestigiosa revista cubana de la que después marcaría distancia por el caso de Heberto Padilla.
Producto de un golpe de Estado en Uruguay Rama se exiliaría en Venezuela en 1973, lugar donde materializaría el proyecto editorial más abarcante: la Biblioteca Ayacucho, fundada en el marco del sesquicentenario de tan importante efeméride, tarea exigente que le ocasionaría dos infartos.
Distintas disciplinas del saber en textos considerados “fundacionales” de nuestro acervo cultural era la razón de ser de este maravilloso esfuerzo. 500 tomos era su meta.
Luego de una prolongada estancia en nuestro país Rama haría intentos de residenciarse en los Estados Unidos en la segunda mitad de la década de los años 70. Pese a su notable desempeño en las universidades de Stanford, de La Florida, de Maryland y de Princeton, por difamaciones de algunos colegas -entre ellos Reinaldo Arenas y Emir Rodríguez Monegal- no podría radicarse definitivamente en la nación norteña. Su derrotero ahora sería París.
Destacan entre sus numerosas obras «¡Oh, sombra puritana!» (1951), «Ideología y arte de Eduardo Acevedo Díaz en El Combate de la Tapera» (1965), «Rubén Darío y el modernismo» (1970), «Salvador Garmendia y la narrativa informalista» (1975), «Rufino Blanco Fombona y el egotismo latinoamericano» (1975), «Los gauchipolíticos rioplatenses» (1982), «Transculturación narrativa en América Latina» (1982), «La ciudad letrada» (1984), «Ensayos sobre literatura venezolana» (1985), y «García Márquez, edificación de una cultura nacional y popular» (1987).
Rama había bebido en el marxismo heterodoxo, la teoría crítica, el estructuralismo y la antropología para sus análisis integrales de la literatura latinoamericana.
Lamentablemente, acompañado de su esposa Marta Traba y de otros notables escritores, Ángel Rama hallaría la muerte en Madrid, producto de un accidente aéreo. Era 27 de noviembre de 1983.
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