Recuerdo el terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967, hace casi sesenta años. Con una intensidad de 6.6 había sido, hasta ahora, el movimiento sísmico más devastador que habíamos vivido los venezolanos en los últimos tiempos.
El terremoto se desató a las 8:05 de la noche. Lo recuerdo a pesar de que para ese momento contaba con 4 años de edad. Fue un evento tan estremecedor que lo mantuve en mi memoria con una mezcla de sorpresa e incertidumbre. No recuerdo haber sentido miedo puesto que no acababa de entender lo que ocurría. La casa moviéndose, la señora que nos cuidaba a mi hermano y a mí tomándonos de las manos para bajar las escaleras y finalmente salir a la calle donde se encontraban todos los vecinos y, entre ellos, muchos niños llorando. Tampoco recuerdo si pedí que mis padres estuvieran conmigo. Como era sábado en la noche ellos habían salido a cenar a casa de sus buenos amigos Jesús Sanoja Hernández y María Eugenia Villalba. Imagino la angustia que debió invadirles ante la imposibilidad de estar con sus hijos en ese momento. Finalmente, nos llevaron a buen resguardo.
Pienso en ese niño que vivió aquellas horas terribles y en los días venideros tratando de comprender las escenas dantescas que reproducía la televisión venezolana de acciones de rescate e imágenes del desamparo de tanta gente que perdió afectos y todos sus bienes. Y pienso en esas niñas y niños que les toca ahora enfrentar la realidad a partir de este doblete sísmico aún mas devastador que el de hace 60 años. Los veo en los campamentos transitorios. Estrechan amistades, se juntan e inventan juegos para construir nichos en defensa de la alegría, sin entender la dimensión de la tragedia. Para y por ellos va dirigida esa potente iniciativa del Mppc que acertadamente llamamos la Ruta de la Esperanza.
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