Sé que voy a herir muchas susceptibilidades románticas y me disculpo de antemano.
La universidad nació en occidente hace aproximadamente unos 1000 años como una promesa radical: construir y transmitir conocimiento al margen del poder eclesiástico y feudal. Sus fechas fundacionales marcan toda una época de esa rebeldía gremial en donde las prácticas sociales necesitaban de conocimiento acumulado y libertad de investigación.
– Bolonia (1088): primera universidad occidental organizada por estudiantes que contrataban a sus profesores.
– París (c. 1150): Modelo opuesto a Bolonia, gobernado por maestros. Cuna de la escolástica y las facultades.
– Oxford (c. 1096 – 1167): síntesis de enseñanza tutorial y colegios.
– Padua (1222): Fundada por académicos y estudiantes que se marcharon de Bolonia en busca de mayor libertad académica. Fue un refugio para el pensamiento científico. Galileo Galilei enseñó allí.
Como ya señalamos las universidades como invento tecnológico tienen unos mil años, no han sido eternas. Han sido estructuras institucionales con ciertos fines. La universidad se fundó sobre la premisa de la escasez, el conocimiento era un bien escaso, concentrado en bibliotecas, laboratorios y en la mente del catedrático. El aparato universitario administraba el acceso a esa escasez.
Se dirá: el mejor invento para transmitir el conocimiento han sido las universidades. Una máquina tecnológica auto perpetuante. La universidad toma el flujo caótico del pensamiento y la experiencia humana y lo codifica.
Organizó el saber en «disciplinas» (un término que ya delata control), dividió el tiempo en semestres, fragmentó el conocimiento en asignaturas y calificó el pensamiento mediante algoritmos de evaluación (notas del 1 al 20, o de la A a la F).
Es una máquina de estandarizar subjetividades para que los individuos sean «legibles» y funcionales para un sistema social o económico. Es más, la universidad decide qué es «conocimiento válido» y qué es «pseudociencia» o «saber profano». Al igual que un algoritmo de búsqueda de Google decide qué páginas indexar y cuáles enviar al olvido, la estructura universitaria actúa como el gran filtro tecnológico que programa la verdad de una época.
Pero como ya dijimos, no son eternas, como aparentemente se nos hace creer por una tendencia muy humana de tratar de naturalizar y perpetuar todo. Hoy esa forma de tecnología está en crisis. Las tecnologías digitales e híbridas no son meras herramientas que la universidad puede «adoptar», sino que son fuerzas que disputan su monopolio histórico sobre la verdad y el saber.
Hoy, el problema no es la falta de información, sino su exceso desmedido. La red satura la atención y crea un tipo de vacío paradójico: un ruido constante donde es casi imposible discernir lo sustancial de lo banal. Al democratizarse —y mercantilizarse— el acceso al dato bruto, el rol de la universidad como «proveedora» de contenidos queda obsoleto. Si un estudiante puede acceder al estado del arte de cualquier disciplina en segundos, la clase magistral basada en la mera transmisión de información se convierte en un anacronismo.
Y esta crisis se acentúa por varias vertientes, como por ejemplo el decreciente nivel intelectual (por ejemplo, incapacidad de leer y comprender un párrafo) con el que llegan los nuevos estudiantes, fruto de la constante exposición a las redes y a su entrenamiento en el entretenimiento. Mientras, los colegios se han vuelto en estacionamientos de cuerpos adiestrados a obedecer e interiorizar las normas del orden industrial.
Los modelos de IA y el flujo líquido de la red operan a una velocidad exponencial. Un campo del saber puede mutar por completo en cuestión de meses. Esto genera una brecha insalvable, para cuando una junta curricular aprueba un nuevo programa de estudios, la realidad tecnológica y social de la calle ya lo ha dejado obsoleto. El aparato analógico pierde la carrera de la actualización.
Durante estos mil años las universidades han mantenido funciones concretas y características sin que nadie se las discutiera, tenían funciones específicas que hoy han sido absorbidas por las redes digitales y por realidades específicas ligadas a trasnacionales: creación y transmisión de conocimiento, discusión y debate crítico, certificación de saberes, red de contactos intelectuales, y acceso a fuentes primarias. Hoy todo eso está cada vez más en las redes.
La red social o el foro especializado ofrecen hoy lo que antes solo daba la universidad: respuestas rápidas, pares que te corrigen, validación por reputación digital. Pero estemos atentos, esa competencia no es complementaria; es sustitutiva. Y está vaciando de funcionalidades a la universidad tradicional, dejándola con tareas que las redes todavía no hacen bien, (profundidad, rituales de iniciación y acreditación oficial) o que ya nadie demanda. Esto acerca a muchas de estas instituciones a la imagen de un mausoleo o museo. Un ejemplo son las bibliotecas universitarias que ya no aceptan donaciones porque no saben que hacer con tantos libros y consultas escasas.
A ese vaciamiento se suman fracturas internas:
– Masificación sin recursos: la universidad pasó de élite a multitud, pero mantuvo estructuras artesanales.
– Síndrome de la empleabilidad, ya no se pregunta “¿para qué sirve la universidad?”, sino “¿para qué título me contrata el mercado?”. Las especialidades agonizan sustituidas por la IA, así como la capacidad de lectura y comprensión también.
– Corrupción epistemológica, el “publica o perece” convirtió la investigación en métricas vacías. Hoy los datos se torturan hasta confesar. Además, con la disrupción de la IA se observa una estúpida cacería de brujas a través de su “prohibición” cuando es inevitable su uso. Se continúa el mecanismo de los trabajos y tesis escritas, que ya son una simulación, en vez de buscar otros mecanismos.
Las redes no solo compiten, han vuelto en muchos aspectos redundante el modelo presencial que tratan de mantener algunos, de forma romántica. Durante la pandemia vimos que un profesor grabado en YouTube y un foro o chat pueden reemplazar el 80% de un curso universitario. ¿Para qué trasladarse a la universidad si las funciones que definían a esta —transmitir, certificar, conectar, debatir— ya se hacen mejor, más barato y más rápido en internet?
La universidad ya no es el único lugar donde se aprende a aprender. Ya no es el único sitio donde se construyen redes profesionales. Ni el único espacio donde se accede a fuentes primarias. Cada una de esas funciones ha sido externalizada a plataformas sin muros, sin ritualidades, sin matrículas anuales y sin burocracia de sostén.
Es más, ya no se necesita pasar por el filtro institucional para obtener una síntesis de conocimiento o un diploma; la red te la provee a la carta. Esto hiere de gravedad al fetichismo del título y obliga a preguntarse: si la universidad ya no es el único árbitro de la verdad ni la única llave al empleo, ¿qué es?
Pero estemos claros no habrá apocalipsis universitario. Habrá metamorfosis.
Hoy aparecen al menos cinco rasgos:
– Fragmentación curricular. Ya muchas carreras son obsoletas frente a una realidad vertiginosamente cambiante.
– Deslocalización híbrida: 70% del aprendizaje en entornos virtuales.
– Fin de la particularidad académica. Hoy las corporaciones generan dentro de ellas sus centros de investigación y academias.
– Evaluación por evidencia: portafolios digitales, no exámenes memorísticos.
– Universidad como servicio, no como lugar, aparecen las redes de acreditación sin sede física.
Pero algo se pierde: la lentitud que madura el pensamiento, el encuentro casual, la corrección cara a cara, la socialización, el enraizamiento, la comunidad. Las redes, en cambio, son anónimas; rápidas pero superficiales. El duelo es inevitable. Un aspecto social de la interacción que se generaba en las universidades está desapareciendo y no hay sustituto.
La universidad que viene no será torre de marfil ni centro de formación profesional. Será otra cosa, más porosa, más modular, menos reverente. Para que no muera, tendrá que aceptar que su monopolio sobre la certificación y la transmisión del saber ya se disolvió en redes, foros y plataformas. Su nueva función será aquello que las redes no pueden hacer bien: garantizar profundidad, generar grietas y mantener los momentos de encuentros fortuitos, ofrecer tutoría humana presencial y preservar el espacio crítico fuera del algoritmo. Al menos esta es una ilusión positiva, optimista y romántica.
La mutación no es el fin. Es el parto de un híbrido. Dolerá, pero el cadáver del siglo XX apenas respira. Se ha convertido en una máquina de certificación de exámenes. Ya desde hace tiempo ha sido así y muchos no se quieren dar cuenta.
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